Libro - Los Perros Que Ladran por Annette Moreno

"Los Perros Que Ladran" es el título del libro por la cantante y autora Annette Moreno que te invita, como ella ha aprendido, a disfrutar de la vida aunque vengan tiempos dificiles. Y en su contenido le da sentido a la frase: "No te preocupes mientras los perros estén ladrando, mas bien preocúpate cuando esten callados."

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Libro Los Perros Que Ladran por Annette Moreno pdf epub

INTRODUCCIÓN

Un día llevé a mi perro a un parque canino y me di cuenta de que, cuando uno ladraba, todos empezaban a hacerlo. Otra cosa que observé fue que los perros que ladraban, eran los más pequeños, tanto así que el máximo daño que me haría uno, si me mordiera, era romperme el zapato.

Un día alguien me dijo: “Annette, no te preocupes cuando los perros estén ladrando; preocúpate cuando ya no lo hagan.” No me malinterpreten. A mí me gusta el silencio, pero aquel que existe cuando uno se va a dormir y la televisión está apagada; o cuando me subo a un avión y no hay una persona a mi lado a quien le guste cantar; o cuando voy al cine y una mamá no lleva a su niño de dos años a ver una película de suspenso. Pero el silencio intencional de la vida es al que le tengo miedo. No podría vivir con ese tipo de silencio.

Cuando voy a un Starbucks y pido un café late de caramelo con hielo, siempre me lo entregan sin revolver bien. Al probarlo así, no le encuentro el sabor a caramelo. El “café late de caramelo” recibe su nombre porque parte de la bebida debe tener el sabor a caramelo; entonces, cuando por fin lo revuelvo, toma el sabor de su propósito.

Así, desde que nacemos hasta llegar a cierta edad, nuestro propósito está fijo y el sabor que le vamos a dar sólo se puede probar cuando empezamos a revolver. Infortunadamente, he sido testigo de personas que hasta edad madura no han tenido el valor de revolver el sabor que Dios ha puesto en ellos desde el principio. El Salmo 139:16 nos dice: “...Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo ya estaba escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de  ellos”. En otras palabras, Tú, mi Creador, pensaste en mí; Tú me inventaste con el sabor de Tu deseo; Tú me nombraste y pusiste mi nombre en un menú para que el mundo pudiera ver mi sabor.

El temor más grande que sufre una persona no es morir, sino el deseo de siempre querer complacer a los demás. Por eso, muchas personas no quieren despertar la atención de los demás, pues no desean ser lastimados o juzgados, sino que prefieren la muerte antes que escuchar algo negativo. Muchos de los suicidios ocurren porque alguien no pudo complacer a otro. Hay que ser valiente, ponerse de pie y decirle al mundo que va a causar una revolución con el propósito con que usted nació y no con aquel que el mundo le quiere imponer. Valentía significa decirles a los demás que lo han manipulado o lo están haciendo, y pedirles que lo excusen, pero que tiene un negocio (propósito) con su Padre. Jesús tuvo que decirle a su familia y a la gente que lo rodeaba que Él tenía negocios con su Padre y que, por lo tanto, nada lo iba a distraer.

Si los perros no le ladran, no quiere decir que lo quieren; sólo quiere decir que usted no es importante, en otras palabras, que no les quita el sueño. Pero como alguien me dijo: “al árbol con más fruto es al que se le da pedradas”. Cuando usted toma la forma de un árbol con potencial, todos lo mirarán y lo estudiarán. Cuando crece y logra tener abundante fruto y lo comparte, empieza a incomodar a los árboles que desean ser como usted. Unos admirarán y aceptarán el sabor de su fruto; otros probarán, pero lo vomitarán, y otros nunca lo probarán, pero siempre lo juzgarán. Tenemos que estar preparados para dos cosas: o que nos digan que sigamos adelante, o o que nos traten de tumbar.

Una muy querida amiga me dijo que anhelaba vivir su propósito, pero que primero necesitaba ser perfecta. Yo le señalé que esa era la mentira más grande que alguien le había inculcado, pues para poder materializar su propósito, no se requiere perfección, sino obediencia. Si se piensa que se debe ser perfecto para empezar, entonces hay que considerarlo una pérdida. Cuando Dios le habló a Moisés, éste estaba lejos de la perfección. Cuando Dios decidió poner a David por rey, éste también estaba lejos de la perfección. Mientras Pablo mataba el propósito de otros, decidió tomar el suyo. Dígame: ¿quién que haya marcado la historia, primero vivió una vida perfecta?

Cuando usted empieza a vivir aquello para lo cual fue creado, es feliz, y la felicidad le da claridad y lo acerca a su Creador.

El silencio misterioso

Como todo buen árbol, usted también necesita su tiempo de recuperación. El que entiende agricultura, sabe que hay tiempo de cosechar y tiempo de recuperar. Si tiene un huerto de árboles de fruta, hay un momento en que usted va a tener trabajadores recogiendo para una gran cosecha. Después de que ya queda todo árbol sin fruta, entonces se empieza a abonar, a cuidar y a preparar para la próxima temporada. Habrá momentos en nuestra vida en que vamos a tener que aceptar una recuperación. Yo llamo a esto “el silencio misterioso”, que es cuando ya no escucha nada por un instante y siente que todo a su alrededor se ha desaparecido. En tanto no ve a nadie, siente una paz y tranquilidad que le indican que todo está bien. Yo creo que este momento es cuando Dios le dice: “Ven, chiquito, sólo tú y Yo.”

Cuando David sentía que estaba solo, era precisamente cuando Dios necesitaba su atención completa. Había cosas que David debía cambiar antes de seguir su camino. Dios le puso un alto como disciplina porque lo amaba, no porque lo odiara. Él conocía su corazón; se acordó de que lo había creado del lodo, y que habría momentos de rebeldía y de confusión. Juan 15:2 dice: “Toda rama que en mí no da fruto, la cortará; pero toda rama que da fruto, la podará para que dé más fruto todavía”. David daba frutos, pero llegó el momento en que ciertas ramas ya no producían, de modo que Dios tuvo que podarlo por completo.

Recuerdo que, de pequeña, en nuestra yarda había un árbol muy grande y verde. A mí me encantaba jugar debajo porque me daba sombra; sin embargo, una mañana que me asomé por la ventana, vi que mi papá estaba cortando las ramas, al punto de que parecía una mano con 200 dedos (deshojados por completo). Me dolía cada vez que veía a mi papá tirando al suelo las ramas con hojas verdes. Por fin, bajé y le reclamé por qué hacía esto. Respondió que todavía no había dado lo máximo y que la única manera de que lo hiciera sería podarlo todo. Yo me enojé y no entendí. Con el tiempo, el árbol empezó a crecer de una manera increíble; incluso, había dejado atrás a todos los demás árboles en altura. El color que tenía antes, aunque era verde, no se comparaba con el que le había salido. Llegaron los meses de tormentas que siempre tenemos en Arizona, y cuando despertamos en la mañana, todos los árboles habían sufrido daños. El único árbol que quedó en perfecta condición, era el árbol que mi papá había podado. Los cortes no sólo ayudaron a que fuera un árbol más atractivo, sino también a que tuviera la fuerza para soportar las tempestades.

Dado que vivimos en un mundo imperfecto y que durante el transcurso de nuestro camino no somos perfectos, Dios necesita rescatarnos a tiempo. Tal vez usted es una persona que ha vivido su diseño, pero repentinamente se ha encontrado con una luz roja que, por alguna razón, no cambia a verde. Entonces se siente desesperado, a punto de volverse loco, pues está acostumbrado a manejar a alta velocidad. Es tiempo de darse cuenta de que todo lo que pasa tiene una razón y nada sucede por coincidencia.

Cada ser humano necesita retos para sobrevivir. Cuanto más alto suba en su diseño, más fuerte los perros van a ladrar. Cada vez que Dios decida podar sus ramas, lo hará para que ascienda a otro nivel y, como el árbol que aguantó la tempestad, usted también soportará los ladridos.

Nunca olvide que por cada nivel de ascenso, se requiere podar, pues mientras más alto vuele, más fuerte será el viento.

Con el tiempo he aprendido a pedirle a Dios que corte de mí todo lo que me esté pudriendo y distrayendo de mi objetivo espiritual. Yo le pido todos los días que quite de mí todo lo que no me haga falta si es por amor a Él. Muchas veces me preguntaba la razón por la cual nos cuesta tanto encontrar y hacer lo que nos apasiona. Después de tantas reflexiones, me di cuenta de que sólo había una explicación: es necesario un cambio. Pocos nos atrevemos a enfrentar la vida porque para ello se requiere cambiar; además estamos cómodos en un área de rutina, quizá pensando que eso es lo mejor, porque no se tiene que arriesgar nada. Pero lo cierto es que, aunque pensemos que no se está jugando nada, en verdad se está arriesgando todo, porque si lo que hacemos no da fruto, esto será cortado.

Aprenda a ser feliz en cualquier situación en que esté. No mire atrás, sólo hacia adelante. Deje el pasado y cure sus heridas con el futuro lindo que le espera por delante. Acuérdese de que escuchar los perros ladrar es la indicación de que se dirige rumbo a su destino original.

COMPLICADO

Escuché una historia muy interesante un domingo en la mañana. Un padre construyó una piscina en su yarda, pero su hijo no sabía nadar. Por tanto, sentía temor de que algún día se podría ahogar. Siempre con esa preocupación, el hombre se levantó una mañana y trajo a un maestro profesional para enseñarle a su hijo a nadar. Infortunadamente, el maestro no tuvo éxito. El padre se metía al agua con el hijo para intentarlo una y otra vez, en vano, pues él insistía en no soltarlo en las orillas de la piscina, de modo que no había nada en este mundo que pudiera darle la confianza de nadar.

Una mañana se le ocurrió al padre llevar a su hijo a la piscina nuevamente, pero esta vez él iba con otro plan. Mientras el pequeño se preparaba, el padre se le acerca y con firmeza en sus ojos le dice: “Hijo, yo sé que no te va a gustar lo que voy a hacer, pero sólo recuerda que yo te amo; aquí estoy y no me voy a ir”. En ese momento, el padre tira al hijo en medio de la parte más onda de la piscina y el chico, en medio del terror y furor, empieza a gritar y llorar, mientras el padre le dice: “¡Aquí estoy, sólo nada!”. Entonces el hijo empieza a extender los brazos y hacer el movimiento adecuado hasta que llega adonde está su papá. ¿Usted cree que el hijo estaba contento con su padre cuando salió de la piscina? Para nada. Más bien me imagino que le dejó saber qué tan molesto estaba y no le quiso hablar por un tiempo. Pero lo bueno es que esta historia termina con que el hijo aprendió a nadar.

Muchos de nosotros ahora nos encontramos en esta misma situación. Nos sentimos como si nuestro Padre nos hubiera dejado en medio de lo más hondo del mar. Y lo más cruel es que no entendemos el porqué.

Uno de mis pasajes favoritos y que me es fácil relatar está en Mateo, cuando Jesús se les apareció a sus discípulos en la noche, mientras ellos estaban en su barco en medio del mar. Los discípulos pensaron que era un fantasma, pues vieron que Él caminaba sobre las aguas. Jesús les dijo: “No tengan miedo, soy yo!”. La respuesta de Jesús fue muy simple como para el miedo que ellos sintieron. Pero como el ser humano tiende a complicarse la vida, Pedro no se conformó con Su respuesta. Para él tenía que ser más complicado de entender algo tan fácil. Entonces el discípulo le preguntó: “Si eres tú, dime que venga y camine sobre el agua hacia ti”. Y Jesús le respondió: “Ven”. Pedro se bajó del barco y empezó a caminar sobre el agua y, cuando empieza a ver las grandes olas y la fuerza del viento, comienza a hundirse y grita: “!Señor, sálvame!”. Lo más fácil hubiera sido que Pedro creyera y aprovechara el poco tiempo con Jesús, porque claramente se les apareció para decirles algo importante.

“Nosotros mismos causamos los atrasos y complicaciones de cosas lindas que nuestro Dios nos quiere mostrar”.

Puesto que Dios es nuestro Creador y sabe exactamente lo que necesitamos para crecer, Él va a traer a nuestras vidas lo que necesitamos para madurar y aprender la razón por la que estamos aquí. Desde los trece años, yo empecé a preguntarme por qué estaba en esta tierra. No me conformaba con ir a la iglesia, regresar a casa y esperar el próximo domingo. En mi mente siempre estaba esa duda y, aunque ya no quería pensarlo, nunca dejaba de preguntarme el porqué.

Para empezar, entre nosotras las mujeres es muy común tener algo fácil y convertirlo en algo complicado. Siempre me ha causado risa cuando una mujer se pone la corbata y con mucho orgullo le dice a un hombre que ella puede hacer diez “cosas” a la vez y el sólo una. Pero lo que no contamos es que a la tercera “cosa” ya estamos demasiado estresadas, con el cabello parado y ojeras pesadas, y seguimos con la cuarta, quinta, sexta, etc., y para cuando llegamos a la décima, ya tenemos todo el maquillaje en el cuello. De ninguna manera niego que Dios hiciera a la mujer con esta habilidad de multitárea, pero por más dulce que algo esté, nos gusta añadirle algo amargo.

En esos momentos en que Dios estaba definiendo mi vida, podía ver la superficie del mar que es lo que indica que todavía podía ver la luz, pero simplemente todavía no podía estar por encima del agua. Mis necedades me impedían darme cuenta de cuánta fuerza existía en mí para avanzar y aprender a nadar. Ya había vivido mucho tiempo en medio de mis lástimas, de modo que se me hacía más fácil vivir de esa manera. Dios tuvo que echarme al agua y tratar conmigo de esa forma porque era lo único que me haría despertar para empezar a vivir lo que Él había propuesto desde antes de que naciera.

A cada uno de nosotros Dios le da exactamente lo que necesita para avanzar. David nos dice en unos de sus Salmos:

“Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación, todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no exista uno solo de ellos”.

Hoy en día vivimos en un mundo en donde no queremos batallar, sino que buscamos lo que es más fácil, aunque no tenga nada que ver con nuestro propósito. Si Dios escribió un libro con el diseño de su vida, quiere decir que hay un patrón que seguir.

Aunque para muchos es difícil creer y comprender que hay momentos de complicaciones escritas en el libro que Dios diseñó para nuestras vidas, éstas se han escrito para llegar a nuestro propósito. Muchos “cristianos” creen que cuando algo difícil le llega a otro creyente, esto sucede porque no estamos en bien con Dios. En consecuencia, lo primero que hacen es juzgar y preguntarse qué es lo que esta persona ha hecho mal.

Cuando los discípulos le preguntaron a Jesús por qué el ciego había nacido en esa condición, lo primero que pensaron era que él o alguien en su familia había hecho algo mal.

“Y pasando Jesús, vió un hombre ciego desde su nacimiento. Y preguntándole sus discípulos, diciendo: ‘Rabbí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciese ciego?’, respondió Jesús: ‘Ni éste pecó, ni sus padres; mas sucedió esto para que las obras de Dios se manifiesten en él. Conviéneme obrar las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede obrar. Entre tanto que estuviere en el mundo, luz soy del mundo’. Esto dicho, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo sobre los ojos del ciego, y díjole: ‘Ve, lávate en el estanque de Siloé (que significa, si lo interpretares, Enviado)’. Y fue entonces, y lavóse, y volvió viendo”.

El hecho de decir que se le sirve a Dios, nuestro Creador, no significa que cada momento de nuestra vida sea un jardín de rosas sin espinas. En el momento en que decidimos hacer la voluntad de nuestro Dios, emprendemos un nuevo camino rumbo a nuestro destino original. Incluso las complicaciones que pasamos son predestinadas y fueron establecidas para nuestro bien, aunque otros o nosotros mismos no lo entendemos.

Las complicaciones que nos ocurren cuando estamos en nuestros caminos rutinarios, son para nuestro bien cuando Dios nos interrumpe para su propósito. Jesús nos dijo que si lo amamos y obedecemos sus mandamientos, todas las cosas que nos sucedan, sean buenas o malas, nos ayudan para bien. “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito”.

Lo que hace toda la diferencia en nuestras vidas es amar a Dios. Este fue Su primer mandamiento; “amar a tu prójimo” fue el segundo.

“Y Jesús le dijo: ‘Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente. Este es el primero y el grande mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”.

Esto es todo lo que nos pidió nuestro Creador. Imagínese estas dos cosas que no son difíciles y, sin embargo, no hemos podido capturar. Hay algunas personas que no me caen, y, aunque no estoy obligada por Dios a estar cerca de ellos, ¡sí estoy obligada a amarlos! Estoy completamente segura de que estas personas existen en mi vida porque Dios está queriendo definir cada aspecto de mí.

“En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos. Y estos no son difíciles de cumplir”

¿Se ha puesto a pensar por qué está aquí? La razón es porque tenemos que empezar a detallar nuestro existir. Yo no entiendo cómo el ser humano puede vivir en una rutina sin saber adónde va. Nos preocupamos demasiado por lo que podemos lograr un día, sin preocuparnos por qué efecto va a tener para nuestro futuro. Hay un dicho famoso que dice: “Se vive un día a la vez”; por una parte tiene razón, pues no hay que estresarnos por cosas que están fuera de nuestro control. Sin embargo, por otro lado tenemos que vivir cada día sin olvidar el que viene. En efecto, escuché a alguien decir: “Tu día de ayer refleja tu día de hoy”. Eso es verdad. Lo que estás viviendo ahora puede ayudar el mañana o cancelarlo.

En Efesios 3:20 dice:

“Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podemos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros”.

En cada uno de nosotros está una habilidad de luchar porque el humano está hecho para querer triunfar. Cuando nos percibimos inútiles, nos sentimos mal porque queremos ser productivos, pero no queremos hacer el trabajo que se requiere.

Cuando yo tenía dieciocho años, recuerdo que estaba sentada escuchando una de las predicaciones de mi papá. Me sentía un poco desorientada porque la vida no me estaba resultando como había querido. Sentí que alguien me tocó el hombro y me entregó un papelito blanco. En su interior estaban escritas las palabras: “No le digas a Dios que grande es tu problema; dile a tu problema que grande es tu Dios”. Cuando me di la vuelta para ver quién me lo había entregado, miré a mi querida tía con una sonrisa que me dijo todo.

La realidad es que no queremos enfrentar nuestras montañas porque se nos hace mucho trabajo tener que subir. Optamos por vivir en nuestra zona confortable o de comodidad, en donde no debemos dar cuentas de nada, y preferimos presentar un millón de excusas para no tener que fallar. En efecto, algunos de nosotros podemos ver la superficie del mar y otros ya tenemos la cabeza afuera, pero infortunadamente muchos ya ni ven la superficie.

Una de las respuestas más comunes para no intentar subir a esa superficie en la vida es el miedo. Este sentimiento proviene de su enemigo, quien lo usa para que usted no pueda triunfar en la vida.

“Porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza”. (2 Timoteo 1:7)

Está en nuestra naturaleza querer hacer algo con nuestras vidas, pero no con miedo, sino con fortaleza, amor y templanza.

Cada vez que recuerdo esos momentos en que sentía que me ahogaba, suelto una sonrisa porque basta mirar el pasado para recordar mi espíritu de Fortaleza. Dios siempre estuvo allí aun en mis momentos difíciles. Aunque la cosa estuviera complicada, estaba ya escrito en el libro de mi vida que yo iba a pasar por esos momentos. Dios estuvo allí y no se apartó, pero se requirió una parte mía que es el dominio propio (templanza).

Dios quiere que todos tomemos la decisión de vivir en triunfo con Él, que tengamos fe y que, aunque el mundo se nos caiga encima, permanezcamos íntegros.

Santiago 1:3-4 dice: “Pues ya saben que la prueba de su fe produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada.”

Siempre he afirmado que los momentos lindos son para hacernos sonreír y los difíciles, para hacernos fuertes.

“Los momentos lindos son para hacernos sonreír y los difíciles, para hacernos fuertes”.

Sé que muchos han escuchado esa anécdota de los dos hombres flojos que estaban sentados debajo de un árbol de naranjas. Uno de ellos le dice al otro: “Mira esas naranjas ricas. ¡Mmm, se ven muy sabrosas!”. El otro señor le contesta: “Huy, ojalá que alguien se subiera para darnos unas para quitarme la sed”. El primer hombre le responde: “Sí, pero ¡quién nos las va a pelar!”. Muchos piensan de esta misma forma. Buscan las maneras más fáciles de hacer las cosas y así triunfar, pero sin tener que trabajar. Es fácil decir que todos queremos ganar y triunfar, pero no todos estamos dispuestos a intentarlo.

“Todos queremos el pan caliente, pero nadie lo quiere hornear. Todos deseamos llegar a la superficie del mar, pero no todos queremos nadar”.

Recuerdo mi tiempo de mamá soltera. Se me hacía todo muy difícil, pues aunque me gusta hacer mi trabajo perfecto, me tocaba sola. Me quedaba con un proyecto a mitad del camino y me estresaba no poder terminarlo: si no era una cosa con los niños, era otra con el perro. Yo le pedía a Dios que me ayudara porque sentía que me ahogaba. Recuerdo que una noche decidí acostar a los niños temprano para tratar de avanzar con mi trabajo; de pronto, vino mi hijo Alexio y me insistió en que escuchara un chiste que me quería contar. Yo, en mi modo de “mamá”, le dije que ya era hora para acostarse y que al día siguiente me lo podría contar. Con su carita triste se fue acostar, lo que me hizo sentir muy mal. Entonces empecé con mi trabajo, pero el estrés no me dejaba continuar. De repente algo me dijo: “Escucha el chiste”. La verdad, me dio risa porque fue muy audible esa voz. Seguí trabajando y de pronto volvió la voz a ordenarme: “Escucha el chiste”. Así pues, fui con mi hijo y le pedí que me contara el chiste:

Era un hombre que había salido al mar en su barco; después nota que el agua empieza a entrar por una hendidura. Él pronto empieza a echar el agua al mar con una vasija y se da cuenta de que poco a poco se está hundiendo. Pasa un barco y sus tripulantes miran que él está en problemas y le ofrecen ayuda, pero el hombre les dice: “¡No, gracias, Dios me ayuda!”. Se fue el barco que le ofreció ayuda y el señor en su desesperación sigue echando el agua al mar con su vasija. Entonces llega otro barco y le ofrece la misma ayuda que el anterior; él les responde: “¡No, gracias, Dios me ayuda!”. Finalmente, el señor se cansa, se da por vencido y se hunde en el mar. Luego llega al cielo, mira a Dios y le dice: “¿Por qué no me ayudaste? Yo te rogué y rogué, pero nunca viniste a mi auxilio”. Entonces Dios lo mira con una media sonrisa y le pregunta: “¿Quién crees que mandó esos barcos a tu auxilio?”.

Es un chiste, pero tiene oculta una verdad: ¿cuántos de nosotros queremos ver algo de otro mundo para cambiar nuestra fe negativa a fe positiva? No encontramos solución para nada porque queremos que todo venga como un relámpago del cielo. No creemos en Dios; sólo expresamos fe de palabra porque pensamos que eso es suficiente. En efecto, hay tantos que pensamos que ir a la iglesia y levantar nuestras manos va a cambiar nuestra relación con Dios. Seguimos diciéndole: “Ayúdame”, pero no queremos hacer esfuerzo alguno ni empezar a cumplir los dos mandamientos que nos legó.

Deseamos que todo mundo se porte bien con nosotros para poder amarlos, pero simplemente con una volteada de ojos que nos hacen nos enfurecemos y nos portamos como ridículos. Anhelamos que todo sea fácil, pues sabemos que Dios es perfecto así como todo lo que hace, que Él nunca se equivoca y que Él es la perfección del amor; pero Él nunca le va a hundir a usted un botón para que lo ame: no somos máquinas. El amor hacia Dios saldrá de sus propias fuerzas; por esa razón, cuando mire un árbol con naranjas ricas, usted va a tener que pelarlas, pues el difícil trabajo de crear el árbol de naranjas ya fue hecho por Dios.

Todos los días el Señor le comprueba cuánto lo ama para que usted lo pueda amar y confiar en Él de todo corazón. Mi hijo vino a contarme un chiste, pero esa en verdad era la solución a mi problema. En efecto, en ese momento recibí una llamada de un amigo que me brindó su ayuda; si le hubiera dicho: “No, gracias”, aún estaría esperando un relámpago del cielo para que hiciera mi trabajo.

Cuántas veces le dije a Dios: “No, gracias”, cuando intentó sacarme de una situación; sin embargo, en mi torpeza me seguía complicando la vida porque así es como estaba acostumbrada a vivir. Cuántas veces Él ha querido enseñarle a usted a nadar y como un niño mimado le dijo simplemente: “¡No!”. Cuántas veces ha rechazado Su ayuda cuando le pidió, porque esperaba una luz que le encandilara y no miró la ayuda.

Recuerdo que una persona vino a mí después de un concierto y me dijo: “Annette, me encanta tu música; me has inspirado y por medio de tus canciones he podido recuperar mi relación con Dios, pero…”. Allí la paré y le dije que todo lo que me interesaba saber era que su relación con Dios estaba afirmada. Yo sabía que estaba por seguir con algo negativo por la forma en que me saludó con su mano, pues sentí su espíritu; entonces, si le hubiera dado la oportunidad, ella habría dicho cosas que no serían buenas para ella y mucho menos para mí. Dios ya le había dado una solución a su problema, pero era demasiado fácil la forma en que ella consiguió la restauración que le pedía a Dios. Por esa razón, esta persona la cuestionó y la complicó. Tal vez esperaba una respuesta que incluyera fuego, pero Dios le mandó una cantante chaparrita que sólo existe por la gracia de Dios.

¿Por qué será que complicamos todo lo de Dios, aunque todas Sus cosas son fáciles? Parece como que ponemos más empeño en tratar de ver cómo complacer al humano, más que a Dios. Por esa razón, buscamos soluciones en televisión, internet, e incluso en el barrio, pero jamás alguien nos puede complacer permanentemente. Vivimos con un vacío en nuestro corazón por el deseo de más, pero por alguna razón no podemos llenarlo. Confiamos más en la respuesta del hombre que en la de Dios y luego nos enojamos con el Señor cuando Él no fue el que nos dio el consejo. Así pues, es tiempo de afirmarnos a Dios y de detener toda hipocresía. Él conoce cada aspecto de su vida, es el Dueño de su vida, sabe de dónde viene y adónde va, conoce su corazón y sabe lo que usted está pensando y con qué intención hace lo que hace.

Podemos pretender toda la vida y aparentar que estamos bien y que tenemos todo definido, pero a Dios no lo podemos engañar. En el momento en que me importe más lo que la gente diga de mí, entonces habré perdido mi identidad original. Por tanto, usted siempre debe ser lo que Dios quiere que sea, no lo que el humano quiera. Él es su Creador, su dueño, el que lo puso en esta tierra con un propósito y siempre debe estar agradecido con Él.

Yo no pretendo tener una vida perfecta, sin tentación, en donde todo es fácil. ¡No! Pero soy hija de un Rey que me ha perdonado y me ha salvado; y lo más lindo de todo es que a pesar de que usted y yo nos desacreditemos, Dios no hace eso con nosotros. Él cree en usted todos los días, sabe cuánta disposición está en usted para alcanzar las montañas altas que mira por su ventana y para andar en caminos pedregosos y largos que nos identifican. Dios quiere ver en nosotros el querer y no sólo el desear. Él lo ha creado con un propósito que nadie más puede cumplir (Salmo 25:9): “Él dirige en la justicia a los humildes y les enseña su camino”. ¿Cuál es su propósito? Tal vez en este momento no sabe por dónde empezar, pero Él nos ha dicho que les enseñará el camino a los humildes.

Sin embargo, no hay que desorientarse. Mucha gente tiene el concepto de que tener humildad es ser alguien pobre, que camina pidiendo limosna, con la cabeza agachada, o que vive en una casita de lodo. Yo empecé a buscar la palabra “humilde” en el diccionario y me di cuenta de que había tres definiciones, de las cuales dos eran usadas como adjetivos y una tenía afinidad verbal. La primera definición de “humilde” fue: “manso o modesto”; la segunda fue: “pobre o inferior”, y la última fue: “que vive avergonzado o sobajado”. Cuando Jesús habló de ser humilde, no se refería a ser pobre o inferior, ni de ser humillado y mucho menos avergonzar a alguien. Él hablaba de ser humilde en el sentido de “manso, modesto, dócil, respetuoso, sumiso, manejable, aprensivo, pasivo y sin pretensión”. Dios va a mostrarle su propósito y el camino a su vida, pero necesita que usted esté en Su justicia, porque cuando Dios afirma algo en Su Palabra, sin duda lo va hacer; si no lo ha hecho es porque usted no está preparado para sostenerse con la grandeza que le va a mostrar. Él es muy gigante para usted, de modo que usted necesita ser fuerte para que no se asuste de lo inmenso que es.

“¡Sufres porque quieres!”; ¿se acuerda de ese dicho que escuchaba cuando era niño? Mi papá y mamá siempre me lo decían. Sólo se requería unos minutos para terminar mis tareas y después poder jugar toda la tarde. Pero en fin, yo no me proponía hacerlo y lloraba cuando mis padres no me dejaban salir a jugar. Yo me complicaba la vida y nadie más tenía parte en esta situación. Yo misma me ataba una piedra a mi pierna y me quedaba sin jugar.

Amar a Dios no es simplemente decirlo con la boca o, como les mencionaba, ir a la iglesia, cargar la Biblia, leerla, o hacer buenas obras, sino que hay que seguir el mandamiento más importante: amarlo de todo corazón, con todo su ser y con toda su mente. Yo tengo una amiga que siempre me está recomendando libros para leer y siempre tiene un versículo de la Biblia para cualquier situación que esté pasando. Pero lo raro es que siempre está en derrota, porque lo que ella sabe para otros no lo aplica a su propia vida.

“No podemos sólo ser oidores y no hacedores”.

Santiago nos dice que el que sólo escucha la Palabra, pero no la pone en práctica, es como el que se mira el rostro en un espejo y después de mirarse, se va y se olvida en seguida de cómo es.

Abraham fue un hombre de fe al que no le gustaba complicarse la vida. La fe que él tenía en Dios era tanta que Dios lo consideraba su amigo. La prueba que Dios le mandó a él no era pequeña, sino de dolor: sacrificar a su propio y único hijo Isaac. Abraham sabía que si no hubiera obedecido a Dios, se le iba a complicar la vida. Él era testigo de lo que les pasaba a los que desobedecían; sin embargo, decidió creerle a Dios, porque confiaba en Él.

Hay que poner nuestra confianza en Dios, pues Él es nuestra única seguridad y respuesta a todas nuestras dudas. Sacar la cabeza y mirar la superficie del mar no es algo malo; todo lo contrario, porque quien lo hace puede ver la luz e, incluso en los momentos en que no sienta que tiene su cabeza arriba del agua, esto se debe considerar una alegría, pues es una prueba de nuestra fe. Cada día que yo vivo, sea con mi cabeza arriba del agua o debajo, sigo confiando en Su lindo amor y no necesito una voz audible o un relámpago del cielo, sino sencillamente leer y actuar conforme a Su Palabra y creer que en cualquier situación que me encuentre, sea fácil o complicada, ¡confiaré en Él!

“Nunca olvide que los momentos lindos son para hacernos sonreír y los difíciles, para hacernos fuertes”.

2 GUARDIÁN DE MI CORAZÓN

Recuerdo una noche -que considero inolvidable porque, a pesar de ser un momento difícil, me hace reflexionar en lo que Dios hace en la vida de uno sin merecerlo- en que estaba en un punto muy bajo de mi vida. Esa noche tuve una conexión íntima con Dios, pues Él sabía que este instante no era para sólo sentir una presencia, sino mirar Su presencia. Yo no entendí por qué Él se presentó en ese momento, aun cuando todo en mí era malo; no había nada bueno en mi vida y todo estaba quebrado en mil pedazos. Sólo lloré y no dije nada por un tiempo; sentí Su abrazo y Su calor. Entonces le pregunté por qué insistía en estar cerca de mí. Él me dijo que lo quebrado era simplemente para mi bien, pero la fuerza en mí era para Él. En ese momento no entendí lo que quiso decir, pero ahora lo comprendo.

Muchos de nosotros estamos esperando tener una vida perfecta para que Él nos abra la puerta. Algunos lo usamos como excusa porque tenemos miedo a confrontar los retos. Sin embargo, Dios sólo espera un corazón dispuesto para hacer Su Voluntad. Cada uno de nosotros tiene un propósito; en efecto, nadie en este mundo nació por coincidencia. Tal vez usted es una persona a la que se le dijo que fue un accidente cuando sus padres se embarazaron; no obstante, deseche esa mentira, porque la persona que lo dio a luz no sabía que en el plan de Dios usted ya estaba formado y decidido. No hay excepción de humano, pero sí hay excepción de valor y cumplimiento porque todo depende del corazón, del querer hacer algo extraordinario. ¿Ha pensado alguna vez por qué Dios está usando a alguien de una forma?, pero a usted no le ha dado nada. Déjeme decirle que Dios ya le ha dado la oportunidad, pero que usted no la haya usado es su problema. Lo que pasa es que se ha acostumbrado a una vida de fantasía y vivir la realidad le asusta. Los planes de Dios son vivencias en la realidad porque Él es real.

¿Quién es usted? Es la perfección del Creador. Cuando Él lo hizo, lo creó de una manera en que nadie pudiera imitarlo. No existe otra persona como usted, aunque la ciencia quiera inventar, por ejemplo, un clon, que desde luego no sería usted, pues es el original. Mire la imprenta de sus manos: no existe ese diseño en las manos de otra persona. Mire sus ojos: no existe esa mirada en otra persona. Esto quiere decir que Él tomó su tiempo en hacerlo, formando todo su cuerpo, parte por parte, y al final sonrió cuando vió su trabajo terminado.

Antes de que se fuera formando, usted ya tenía un propósito para su vida. Luego, Él lo puso en la tierra y la vida cambió su destino. En ese momento, usted sintió que no había razón alguna para existir y que Dios se había equivocado en traerlo a este mundo. Sin embargo, Él nunca se equivoca y todo lo que hace es perfecto. Lo que pasa es que vivimos en un mundo en donde ir contra la naturaleza es normal y le decimos a Dios en todo momento que somos infelices. Si quiere saber quién es usted, va a tener que aceptar primero lo que es la realidad de usted mismo. Si me pregunta si ya sé quién soy, infortunadamente le diría que me falta poco en aprender más de mí. Una de las cosas con que más batallo es perdonarme a mí misma y eso es lo que me detiene para superarme en varias áreas de mi vida. Lo más gracioso es que puedo dar un consejo y cambiar su modo de pensar en cómo perdonarse, pero cuando se trata de mí, es muy difícil. Recuerdo tiempo atrás, en consejería, que le preguntaba a mi sicóloga por qué sentía que Dios perdonaba a todo el mundo menos a mí; su respuesta fue que yo no me perdonaba a mí misma. Eso era una actitud fuera de razonamiento, pues el problema no consistía en que yo no me perdonaba, sino que quería ser mártir para tener una excusa para quedarme en el lugar en donde estaba. Yo sabía que si aprendía a perdonarme tendría que tomar otro elevador al próximo nivel, y esto me asustaba.

Cuando vivimos en una fantasía, es fácil existir, pero infortunadamente no es la fantasía la que nos ayuda, sino la realidad; entonces, lo que hacemos es ignorar la realidad, pero eso es vivir en una negación. La realidad es lo que nos define como persona, porque es lo que es. Repito lo que siempre he creído: “Los momentos lindos son para hacernos sonreír, pero los duros son para hacernos fuertes”. Mejor dicho: “La fantasía es para hacernos soñar, pero la realidad es para definirnos”. Tal vez pareciera que no tiene sentido lo que acabo de escribir, pero es la realidad; de no ser por los momentos difíciles, no apreciaríamos los momentos lindos. En otras palabras, si no fuera por los momentos difíciles, nunca tendríamos momentos lindos. Conocemos momentos bonitos porque hay momentos difíciles. Yo le doy gracias a Dios por los momentos lindos que me ha permitido pasar y que son muchos, pero más gracias le doy por los momentos duros, que son los que me han dado los momentos más lindos. Yo entiendo que la realidad puede ser algo espantoso para muchos, pues tal vez no queremos entender que estamos en una situación que podemos cambiar porque nos da miedo saber cómo seríamos en la realidad o cómo pudiéramos sobrevivir un estado que no hemos vivido en años.

Escuche bien lo que le voy a decir en este momento, porque puede ser lo más importante de su vida:

“Usted fue formado por Dios en la REALIDAD, no en una IDEA que el mundo ha plantado en su cerebro”.

Hoy en día vivimos en un mundo en donde nuestra identidad está basada en las ideas de los hombres y se nos olvida completamente quiénes somos. Dejamos que una persona destruya nuestros sueños de años con una sola palabra y también permitimos que alguien determine cómo nos vamos a sentir en un día. Esto suena como una exageración, pero así es como vivimos ahora. La televisión les dicta a los niños, adolescentes, jóvenes y también a los adultos, cómo vestir, cómo hablar y cómo pensar. A mí esto me suena como a un robot que no puede atender sus propios pensamientos o ideas. Posteriormente viene la inseguridad, pues si no podemos ser como alguien más nos dice que seamos, nos frustramos y nos sentimos fracasados. Imagine que Dios puso en usted una fuerza increíble para superar sus temores y sus debilidades, y lo que le hemos regresado por Su bondad es un menosprecio de todo lo lindo que Él ha hecho por usted.

Recuerdo ser una mujer muy insegura, que tropezaba con mis propios pies y sentía que tenía que ser lo que otros querían de mí, no lo que Dios esperaba de mí. Empecé a frustrarme porque sentía que mi vida estaba bajo tanta presión de los demás, que se me había olvidado que lo que importaba era lo que Dios pensaba de mí y que mi propósito se cumpliera.

Lo que más me duele ahora es ver cuando alguien decide vivir los sueños de otro para no ofenderlos; aunque esa persona no esté feliz, ha decidido vivir en una fantasía, pues esto hace que el problema desaparezca; sin embargo, no desaparece: sólo se cubre y con el tiempo surge.

Sane la herida de raíz; no utilice pomadas

Recuerdo una historia que me contó mi papá acerca de un hombre que se había quemado un brazo y no se lo habían tratado apropiadamente; entonces, con el tiempo le empezó a doler mucho sin saber por qué. De pronto, él fue con doña Chole a que se lo curara, pero ella no era doctora y sólo le untaba una pomada para aliviarle el dolor y hacerlo sentir bien por el momento. Regresaba con doña Chole a toda hora para que le siguiera untando esa pomada por encima de la quemadura. Pero un día, mientras estaba en su dolor, un hombre le vio el brazo y le dijo que tenía que tratarse la quemadura o de lo contrariar lo perdería. El hombre era un doctor y se ofreció para curarlo, pero no con pomadas refrescantes, sino con un cuchillo para sacar lo que tenía debajo de la superficie de la piel. El hombre gritaba porque no aguantaba el dolor, pero cuando vio los gusanos y su carne carcomida por dentro, se asustó y, aunque era un dolor inaguantable, se dejó curar del doctor porque sabía que conocer la realidad era lo único que lo iba a salvar, a pesar de que quedaría una cicatriz.

¿Sabe por qué le cuento esta historia? Porque es exactamente lo que nos pasa cuando vivimos en una fantasía y tratamos de ignorar el dolor. Les ponemos una pomada a nuestras heridas, pues se siente bien por un momento, pero luego tenemos que repetir el proceso porque no es algo real y el dolor continúa cada vez que la realidad surge. Antes del presente maravilloso que Dios me ha dado, yo tuve que sacar primero todos los gusanos de mi vida con un cuchillo. No fue fácil, pero cuando comencé el proceso y empecé a mirar cuántas cosas malas había en mi vida, no me importó el dolor, ni la operación que Dios tuvo que hacer para poder llegar adonde estoy ahora. Le puedo contar, también, que Dios no usó anestesia: lo hicimos a las bravas, pero sólo así pude entender cuánto me ama Dios y las cicatrices me enseñaron cuánto Él me necesita.

¿Quién dice que el pasado es para olvidar? Una cosa es dejar que el pasado nos guíe a nuestro destino marcado y otra cosa es permitir que el pasado nos lleve a nuestro destino. No tiene nada de malo recordar algo del pasado, aunque no sea una cosa buena, para ayudarle a seguir en su camino recto. Pero sí es malo recordar el pasado para seguir viviendo en su enojo, en su tristeza y en su amargura. Un ejemplo que me gusta usar es la situación de un amigo que tengo. Él me dijo que fue manoseado sexualmente por un familiar y esto lo llevó a la prostitución homosexual. Aunque él ya le había pedido a Dios que entrara en su corazón para dejar de vivir esa vida, todavía dejaba que el pasado lo llevara a su destino. Su memoria del pasado lo torturaba y le impedía tener paz. La cicatriz no le permitió recordar cuánto lo amaba Dios, al punto de sacarlo de esa situación, sino que le recordó el sufrimiento que pasó. Él me preguntaba cómo podía usar el pasado como una fuerza en su vida, de modo que yo le comenté que debía mirar su situación como una escuela para ayudar a otros que estaban pasando por circunstancias similares. Recuerdo que me miró muy confundido porque no tenía sentido decir que Dios hacía que pasáramos por estas situaciones para ayudar a los demás. No tengo la respuesta para esa pregunta porque hay cosas que Dios hace que no entiendo, pero le planteo lo siguiente: su situación, obviamente, ya pasó, de modo que usted tiene dos opciones: o sentarse y darse lástima toda la vida y vivir en amargura, o levantarse y ayudar a alguien que está pasando esa misma situación que usted padeció. Yo no lo puedo ayudar, pero usted sí.

Imagínese cuánto tiempo perdemos en nuestra propia dolencia, pero alguien en ese momento precisa nuestra ayuda. El sentimiento más bonito para mí hasta ahora ha sido estar allí para alguien más y darle esas palabras que necesita escuchar al momento. Cuántos de nosotros cantamos canciones en la iglesia diciendo que queremos ser más como Jesús, aunque todo lo que Él hizo fue estar allí para otros y eso es lo que lo hacía feliz. Una cosa que me encanta recordar es cómo Jesús usó su pasado; Él dejó que lo guiara, pero no que lo llevara. Imagínese todo lo que le hicieron antes de morir por nosotros. Lo torturaron, lo amenazaron, lo bofetearon, le colocaron apodos, se burlaron de Él y le escupieron la cara, pero Él sabía que ese pasado le daría una solución a su vida, de modo que las cicatrices que le quedaron le recordarían cuánto le ama. Mire lo que un pasado triste pudo hacer para todo el mundo: Él es el doctor que usa cuchillos para sacar todos los gusanos y deja las cicatrices sólo para recordarnos lo bueno que hay en nosotros, pues sólo quiere ver que usted quiera la realidad y la viva con dignidad.

No tenga miedo de vivir lo que es porque Dios ha dicho que usted es Su creación y que está orgulloso de lo que ha formado en usted. Dese cuenta de una cosa: si hay algo que Dios nunca hace es decir mentiras.

Si a usted vivir o morir le da igual, entonces usted no está viviendo. Recuerdo una vez que pasé por un momento de desesperación en el que sentía que gritaba, pero nadie me escuchaba. Me parecía estar huyendo de la realidad, pero en fin, ésta siempre me alcanzaba. Pensaba que mi vida no tenía sentido y la muerte se me aparecía más y más cada día. Había quedado muy decepcionada con gente importante en mi vida y con la religión. Estaba en una depresión tan profunda que sabía que necesitaba ayuda, pero era imposible salir del lugar en donde me encontraba; así que pensé que no podía existir con tanto dolor y traición en mi vida. Ya había perdido la confianza en el ser humano y, como pensaba que Dios ya no me amaba y que no quería nada conmigo, me cerré completamente a la vida y empecé a vivir como una momia sin rumbo, sin sentido. En consecuencia, mi espíritu decayó tanto, que, incluso, mi cuerpo físico quedó con mucho dolor y una prescripción de pastillas resultó en una adicción.

Como si mi angustia no fuera suficiente, empecé a destruir mi cuerpo y mi mente con esa droga, de modo que sentía que me alejaba más y más de un estado de razonamiento. Pero esa noche, que nunca olvidaré, vino Dios a rescatarme de ese abismo negro. Nunca se me ocurrió pensar que todo eso por lo que estaba pasando sucedía para prepararme para estos días que ahora estoy viviendo. Todos esos momentos en que le decía a Dios que ya no aguantaba, yo sé que Él me estaba viendo con una sonrisa y me decía que todo iba a estar bien.

Lo que a mí me encanta de la vida es que para todo hay una solución; así lo hizo mi Creador. Él sabía todo lo que iba a suceder, pues para Él no existen las sorpresas, pero para nosotros sí. Tal vez usted está leyendo este libro porque está buscando una solución o un rumbo por donde tomar. No pretendo ahora tener todo asegurado porque sé que todavía me falta bastante, pero sí puedo decir que lo entiendo, dado que yo he estado en ese punto de buscar un nuevo comienzo. Imagínese que en este momento yo no hubiera pasado por situaciones difíciles; entonces ¿qué autoridad tendría para estar escribiendo canciones que no me constan? ¿Cómo podría hablar de un corazón roto, si nadie me lo hubiera destrozado? ¿Cómo podría hablar de la soledad, si nunca la hubiera sentido? El objetivo en la vida de los hijos de Dios es estar en ese preciso momento cuando alguien lo necesita. Para mí no existen las coincidencias; para todo hay una razón. Cuántas veces me han dicho: “Escuché tu canción en el momento más duro de mi vida y pude entender el amor de Dios”. Cuando escucho estas palabras, sé que mi existencia está cumpliendo su propósito.

Siempre me he dicho que el día en que yo sólo me preocupe por mí misma, estaré en peligro, porque cuidar solamente de mí sería una locura. Por eso, le hallo más sentido a preocuparme por otros, pues así le obligo a Él a que me cuide.

El egoísmo


Un problema muy grande que vivimos hoy en día es el egoísmo. Nuestros inconvenientes están en primer lugar y sólo nos preocupamos por cómo los vamos a resolver. Sin querer, nos volvemos, lo que llamo, “ateo temporal”, pues se nos olvida que el Único que puede resolver nuestras dificultades es Dios. Actualmente la depresión es el problema número uno en el mundo debido a que dejamos tantas heridas abiertas, que no las queremos cerrar porque nos encanta vivir en la lástima y en el “yo, yo, yo”. Le aseguro que en el momento en que deje de preocuparse por usted mismo, sus heridas cerrarán y se convertirán en cicatrices, de modo que se enfocará en ayudar a otros con sus problemas; ese será el momento en que va a ser feliz y ya no va a tener que tomar pastillas para la depresión. ¡Es tan fácil! No piense en la gravedad de su problema, pues Dios sabe por lo que ha pasado. Piense en cómo en este mismo momento puede hacer una diferencia en la vida de los demás y verá qué lindos colores tiene el mundo cuando su corazón le abre la puerta al verdadero amor.

Un verso que me encanta es Proverbios 4:23: “...sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón porque de él mana la vida”. Lo que está en su corazón es lo que sale en sus acciones, sus pensamientos y sus ideas. Mi corazón no estaba guardado, por eso quedé en ese estado en donde dejé que las situaciones y personas me robaran mi felicidad. Ahora, si me pregunta qué siento cuando escucho que la gente dice barbaridades de mí, le comento que me causa risa, porque ya mi corazón está guardado. Claro, esto no fue algo que logré de un día para otro; me tomó el tiempo que necesitaba para, primero, curar las heridas y, luego, saber combatirlo. Lo pongo en los siguientes términos: en el momento en que entienda Quién es su Papá y cuán especial es usted, será muy difícil que alguien lo afecte, porque Dios ya lo definió. En el mundo siempre habrá gente que quiera lastimarlo o juzgarlo, pero recuerde que si Jesús fue juzgado, aunque era perfecto, quiénes somos nosotros para escapar de esto. Por supuesto, esta situación duele, especialmente cuando se lee por internet una mentira o una idea que alguien se inventó porque no tenía nada más que hacer. Como me lo dijo mi papá, así lo digo también: “Vale más que se sienten porque se van a cansar”.

Dios siempre lo va a respaldar cuando esté de acuerdo con Su voluntad, aunque a los seres humanos no les guste. No podemos parar y explicarle a todo el mundo qué es lo que estamos haciendo, porque no van a comprenderlo, pues no tienen visión. Pero alguien con visión, aunque no sea la misma suya, va a comprender, porque el Creador de las visiones es Él mismo. Yo sé que no he aprovechado como ahora quisiera muchas oportunidades que se me han presentado. En efecto, había momentos cuando me paraba y le explicaba a la prensa o a una persona qué es lo que quería hacer. Sin embargo, ese fue un gran error de mi parte, porque eso fue tiempo perdido.

Imagínese que cuando Jesús caminaba en esta tierra, se hubiera detenido para explicarles a los fariseos el plan de su Padre. Ellos no le habrían creído, de todas maneras, y esa distracción habría impedido que cumpliera Su Propósito.

¿Cuántos impedimentos hemos tenido en nuestra vida? ¿Cuántas veces era el tiempo exacto para cumplir un propósito del Cielo, pero una persona o un oficio lo interrumpió? Tenemos que acordar que el tiempo de nosotros no es el de Dios. ¿Cuántas veces su estrella ha estado esperando para que mire hacia arriba y se fije que ya no hay neblina? Lo realmente triste es que han sucedido muchos de esos momentos, pero estamos tan ocupados en nuestras propias ansiedades (que no son ocupaciones), que nos perdemos del Plan Perfecto de Dios. Cuando gastamos tiempo en la lástima, habría que decir que ya no hay esperanza y entonces nos damos por vencidos.

Es el momento para que dejemos todas nuestras emociones, pues siempre nos van a engañar y nos van a dejar en medio de un dolor innecesario. Ya es tiempo de ponernos de pie y decir: “¡Y qué, sí me lastimaron! ¡Y qué, sí me abusaron!” ¡Y qué, sí me quitaron mi inocencia! ¡Y qué, sí me abandonaron en mi niñez! ¡Y qué, sí decidí cambiar mi sexualidad!”. Dios está conmigo y Él es un Dios de oportunidades! Es tiempo de dejar que Él cambie y controle mi vida, no mis emociones.

“Dios no trabaja con emociones, Él trabaja con decisiones”.

Que digan lo que quieran de usted o de mí; nuestro corazón estará guardado en las manos de Dios. Yo no me baso en las ideas de los seres humanos, ni las tradiciones, sólo miro al Cielo y, aunque haya neblina, espero con paciencia que desaparezca, pues sé que allí está mi Estrella y mi Ayuda. En Su corazón nace una idea, a Su lado está su ayuda, y en el Cielo está su respuesta. Sólo pídale al guardián de su corazón que le deje entrar.

3 ME AMAS

Me he dado cuenta de que muchos de nosotros caminamos con la cabeza agachada. ¿Será porque nos hemos acostumbrado a ser evaluados por el ser humano y no por nuestro Creador? ¿Será que le hemos hecho demasiado caso a la etiqueta que el ser humano nos ha puesto? Lo más triste de esta conversación es que no hemos entendido el valor que cada uno de nosotros lleva, sólo porque fuimos creados con las manos del Dueño del mundo.

Un día estaba conversando con unas amigas cuando de pronto se me presentó un pensamiento positivo acerca de mí, que expresé ante una de ellas; sin embargo, otra me dijo que yo parecía ser una mujer presumida. Me quedé confundida al pensar por qué ese comentario le había generado una mala impresión. Cuando ellas se fueron, fui a contarle a mi esposo lo que había pasado, porque me sentía mal y yo en ninguna manera había querido ofender a nadie. Él me ayudó a recordar la mujer que yo fui tiempo atrás: no siempre pensaba bien de mí, ni tenía valor para decir cosas buenas de mí; por el contrario, siempre me juzgaba y me criticaba al punto de no poder mirarme en el espejo. Es allí cuando me di cuenta de que no era que ellas pensaban que yo era presumida, sino que ellas estaban acostumbradas a conversar con mujeres que no se evalúan. Recuerdo aún que, cuando en el colegio todas las muchachas nos juntábamos, en el baño o en un cuarto, todo en nuestras conversaciones giraba en torno a cómo nos disgustaba algo de nosotras. Esto ocurría simplemente porque el ser humano ya nos había categorizado.

Cada uno de nosotros sigue siendo un diseño especial y sirve para algo diferente. Ninguno de los 6 billones de seres humanos en este planeta funciona igual. Todos somos diferentes. Es importante entender esto para poder vivir, pues usted sólo puede hacer aquello para lo que fue creado: “Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación; todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno sólo de ellos”. En efecto, David entendía el valor de su existencia. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros ahora vivimos sin entender lo que valemos?

Sin duda, todos tenemos una tía chismosa, en exceso imprudente, que nos dijo algo hace mucho tiempo que todavía resuena en nuestra mente; o tal vez en alguna ocasión sus padres le dijeron que usted había sido un accidente, o su pareja lo dejó por alguien que, según él o ella, era mejor que usted. No importa la situación, todas estas evaluaciones de los seres humanos son inválidas y no cuentan. Si su Creador no lo dijo, entonces todo es mentira. ¿Qué quiere decir esto? Pues la respuesta es fácil; mírese en el espejo todos los días y diga: “¡Pero qué hermoso(a) ser humano(a) me hizo mi Creador!

Todos queremos ser importantes, pero el desafío siempre ha estado en lo que nuestros ojos miran o nuestros oídos escuchan. La única manera en que yo pude reconocer mi valor fue dejando que mis ojos se volvieran borrosos a las cosas de esta tierra y mi mirada fuera clara para las cosas de mi Dios. Si mi vista estuviera simplemente en las cosas de aquí, yo no podría hacer lo que hago. En efecto, con todas las críticas de todos los religiosos que les encanta juzgarme, ya habría tirado la toalla, debido a que sus palabras me habrían herido y etiquetado.

Valoremos nuestro diseño

Ahora vamos a ver por qué es importante el conocimiento de nuestro valor como el primer paso para caminar hacia nuestro diseño. La mayoría de nosotros le tenemos miedo al cambio y por eso nos hacemos complacientes en una rutina. Luego, alguien nos introduce al plan de salvación y nos promete que si aceptamos, viviremos en prosperidad y honra, de modo que Dios nos dará todos los deseos de nuestro corazón. La sangre de Jesucristo nos da ese perdón y gracia que necesitamos para poder llegar al Padre y restablecer nuestra relación con nuestro Creador. Pero hay mucho más que sólo creer. El próximo paso es hacer. Santiago 1:22 nos dice que la solución no sólo está en escuchar, sino también en practicar.

La gracia de Dios es suficiente para llevarnos al Cielo y darnos ese perdón que día tras día buscamos. Creer en Dios es lo que nos da la gracia, pero amar a Dios es lo que nos lleva a la prosperidad. Cuando amamos a Dios, estamos en obediencia con Él. Así pues, si yo lo invito a mi casa, voy a esperar a que llegue y toque el timbre; pero si sólo está parado afuera y no toca, yo no voy a saber que usted ha llegado. Muchos tomamos el verso en que nos dice Jesús que si tocamos se abrirá, como una lotería de millones de dólares. Pero en realidad, Él hablaba de tocar la puerta de la casa adonde fue invitado para que pueda conocer su propósito en esta vida. Sin embargo, la misma pregunta continúa: ¿Me amas? Todos nacimos con una cantidad de herencia de nuestro Padre, ¡Él si nos Ama! Pero la inquietud es si lo amamos a Él suficientemente para entender que, pase lo que pase, las cosas suceden por nuestro bien. Esos momentos difíciles serán prueba de que podemos pasar por el fuego y no abnegarnos a las cosas de los seres humanos más que a las cosas de Dios. No todo lo que Dios me ha pedido hacer, lo he hecho con una sonrisa o con gusto. Hay momentos en que reniego y me molesto. No todo lo que Dios pida de nosotros nos tiene que gustar, pero lo debemos hacer para ver el propósito por el cual fuimos creados.

(Mateo 21:28-31): “¿Qué les parece?” continuó Jesús. “Había un hombre que tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le pidió: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en el viñedo’. ‘No quiero’, contestó, pero después se arrepintió y se fue. Luego el padre se dirigió al otro hijo y le pidió lo mismo. Este contestó: ‘Sí señor’, pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo lo que su padre quería?’. ‘El primero’ contestaron ellos. Jesús les dijo: ‘Les aseguro que los recaudadores de impuesto y las prostitutas van delante de us- tedes hacia el reino de Dios”.

Al primer hijo no le gustó lo que su padre le pidió, pero lo amaba y se preocupó por sus sentimientos. Al otro, que le respondió afirmativamente a su padre, pero no actuó consecuentemente, no le importó haberlo lastimado. La vida no se trata de cuántas veces le dices “SÍ” a lo bueno, sino de cuántas veces practicas el “SÍ”.

Si una persona quiere perder peso porque ya no quiere ser gordo, sólo decir “sí” y comprar el programa de dieta no bastará para lograr su meta. Es solamente con la práctica como va a ver un resultado.

“Además de decir que amas a Dios, tienes que demostrarlo”.

Cierto día estaba mirando un programa que presentaba a una mujer que pesaba 600 libras. Ella nunca quería salir de la casa, porque sabía que la iban a criticar. Con el miedo de no querer ser lastimada, seguía subiendo de peso. Así pues, un día acudió a una compañía que se especializa en las necesidades de la gente obesa. Al principio, ella no quiso hacerlo porque se le hacía muy difícil, pero por fin cedió y empezó hacer lo que le dijeron. Ellos la ayudaron entonces a lograr su meta. Después de esta experiencia, lo primero que ella dijo fue: “No era fácil”. Sin embargo, ahora entiende que su propósito es ayudar a otros con el mismo problema. Imagínese si no hubiera obedecido: todavía estaría en su cama viendo televisión y se habría muerto sin conocer su propósito.

El enemigo sabe muy bien lo que usted vale, porque él está muy familiarizado con nuestro Creador y el Cielo. Él ha venido a robar todo lo útil para que nosotros no vivamos conforme a nuestro diseño. El enemigo no desea que usted acepte el plan de salvación, porque eso lo liberará de él. De hecho, él odia más cuando usted vive en obediencia hacia su Rey, pues esto no sólo lo libera a usted de la maldad, sino que destruye su reino. Existe un libro con su vida ya escrita. Existe un plan que debemos estar siguiendo. ¿Cuántos de nosotros no hemos abierto el libro y, muchos menos, lo hemos leído?

Recuerdo que cuando escuchaba a alguien decir que no creía en Dios, lo primero que quería hacer era darle con una vara para quitarle la necedad. Pero con el tiempo Dios me fue enseñando que, primero, la violencia no funciona y, en segundo lugar, Él todavía los ama. También me enseñó que sus actitudes eran un reflejo de lo que ellos piensan que valen.

“En la mente de un ateo no cabe la idea de que alguien tan grande puede existir y amarlo tanto, puesto que sienten que no lo merece”.
Si usted le pregunta a un ateo por qué no cree en Dios, él le dará la respuesta más inteligente, según su capacidad; sin embargo, nunca podrá darle una razón definitiva porque esta reacción es sólo una devaluación que él carga profundamente en su corazón; así pues, nunca lo podrá admitir, dado que eso le implicaría tener que valorarse.

Un día un hombre que atendía seminarios de Asociación de ateos (créame, sí existen) me dijo: “¿Por qué usas esa cruz en tu collar? Yo no creo en Dios”. Yo le respondí; pues Él sí cree en ti y te ama como nunca lo podrás imaginar. Con eso él no me pudo contestar nada más y, como dice el Salmo 14:1: “Dice el necio en su corazón: no hay Dios”. Es pura necedad. La necedad no se puede defender.

Para mí ha sido un placer conocer a gente que me ha ayudado a comprender que, aunque los caminos no parecen lindos, eso no quiere decir que estamos en un lugar equivocado. Así como el oro es probado con el fuego, también en nuestro corazón tiene que pasar lo mismo.

Recuerdo un momento cuando no sabía por dónde iba y le clamaba a mi Dios que me ayudara, pues todo era oscuro. Cada vez que me paraba para seguir adelante, había una pared que me bloqueaba. Lo único que escuchaba era a Dios preguntarme si Lo amaba, a lo que yo respondía: “Sí”. Entonces me volvía a levantar, pero de pronto me pegaba contra otra pared, de modo que escuchaba nuevamente: “¿Me amas?”, y yo le respondía otra vez: “¡Sí, con todo mi corazón!”. De repente, sentí un calor que me llenó y me dijo: “Camina conmigo”. El único problema en ese tiempo era que mi autoestima estaba por el suelo. Yo no me sentía merecedora de compartir camino con Él. La religión me había recordado todos los días que Dios no me quería por mis errores. Para mí era imposible caminar en los mismos pasos de mi Creador. Todo en mi vida se había destrozado y el amor se había convertido en una olla de ácido. Nada en mi vida tenía sentido. La soledad me rodeaba, así que buscaba personas para que me ayudaran con el vacío que sentía. En las noches, sola, acostada en mi habitación, lloraba porque no funcionaba.

4 YO TE VOY A DEFENDER

Hacía un día muy caluroso cuando regresábamos de un viaje a California. Ya casi llegábamos a casa cuando mis padres vieron un pozo de agua en donde mucha gente se estaba bañando. Debido al calor que nos daba en el carro, se nos antojó meternos para refrescarnos. En ese tiempo mis padres sólo tenían cuatro hijos y yo tenía tres años. Todos empezamos a caminar hacia el pozo y, cuando llegamos, mi madre empezó a contar cabezas, algo que ella siempre hacía. Cuando volteó para contarme a mí, se dio cuenta de que yo ya no estaba, así que empezó a buscarme, pero no me encontró. Con esa ansiedad de madre, escuchó decir a mi hermana mayor, Lilian, que estaba viendo a una persona nadando en el canal que se conectaba con el pozo. Mi madre se fijó y se percató de que esa persona era yo, entonces empezó a gritar. Mi padre, sin pensarlo dos veces y con toda su ropa y zapatos, se tiró en el canal. Él intentó agarrar mi brazo, pero la corriente estaba demasiado fuerte y no lo dejaba alcanzarme. Mi padre en desesperación empezó a orar porque observó que a un metro estaba el boquete por donde el agua bajaba y ya no había cómo regresar. De pronto mi padre sintió una fuerza sobrenatural que lo empezó a conducir hacia mí hasta que me tomó en sus brazos. La corriente comenzó a arrastrarnos y mi padre se encomendó en manos de Dios una vez más. Él sintió una mano en su espalda que lo empezó a empujar contra la corriente y lo llevó hasta la orilla del canal. Cuando me tomó en sus brazos para llevarme hacia mi madre, sintió mi cuerpo sin vida; de hecho, mi brazo colgaba como alguien que ya estaba muerto. Mi madre, enloquecida por lo que estaba observando, empezó a clamar a Dios con todas sus fuerzas, al igual que todas las personas que se habían acercado. De pronto abrí los ojos y miré a toda la gente que estaba llorando. Mi madre me abrazó, me dió muchos besos, pero luego me regañó. Lo que mi madre me cuenta que no entendió, fue que cuando me preguntó si me quería meter otra vez, le respondí que sí.

Esta historia fue un espanto real en la vida de mi familia, pero en el libro que fue escrito mucho antes de que yo naciera (Salmo 139:16) sólo fue una pausa. Son muchas las veces que puedo recordar cuando el enemigo ha intentado matarme, literalmente, pero son muchas más las veces que puedo recordar todo lo que mi Dios me ha guardado.

Cuando el enemigo sabe que usted ya no retrocede, empieza a sofocarlo con amenazas que, para mí, sólo son señales de que sigo en el camino correcto. Recuerdo a una persona que después de un concierto en donde había hablado de mis experiencias, antes de cantar la canción ‘Ángel Guadián’, me dijo: “Annette, como a ti te molesta el diablo, ¿por qué a mí nunca me molesta? Yo vivo una vida muy feliz y tranquila”. Allí me di cuenta de que mucha gente está estancada en un lugar, convencida de que es un lugar seguro. Son personas que no quieren confrontar situaciones porque tienen miedo de que alguien los vaya a empezar a molestar. Les voy a ser sincera: no sé qué me mataría primero, la curiosidad de no saber por qué nunca lo intenté, o el aburrimiento de estar estancada. Aunque sólo tenía 13 años, eso no me detuvo a pensar que había algo más importante que sólo respirar.

Tal vez no le ha gustado escuchar esto, pero ¡es la verdad! Si usted no está haciendo algo para molestar al diablo, no hay manera de que él se fije en su vida. Un ejemplo que me gusta dar al respecto está relacionado con el jugador de baloncesto Kobe Bryant. El equipo oponente sólo tiene una meta: detener a Kobe. La razón de esto es que si se lo permiten, él deja a todos atrás y gana el juego él solo. El equipo oponente no está pensando tanto en los demás jugadores, porque ellos saben que si paran a Kobe, detienen a todo el equipo.

Un amigo mío se burla de mí porque soy fanática de los Lakers. Un día me dijo que odiaba a Kobe y le pregunté por qué. Su respuesta fue: “Porque es muy bueno”. Así mismo, no podemos tomarlo ofensivamente cuando el diablo nos odie, pues eso quiere decir que le estamos ganando a su equipo. Él siempre va a buscar la persona que más le estén llamando la atención. Por eso, no tome su vida sin tormentas como una victoria, sino más bien tómela como una alerta de que algo no está bien.

“Acuérdese de que los momentos tranquilos son para hacernos sonreír, pero los momentos difíciles sólo son para hacernos fuertes”.

Dios protege todo lo que le es útil para cumplir los planes de nuestras vidas. Dios puede usar su vida como fue planeada, pero Él tiene que tenerle confianza. En algunas ocasiones he pensado: “Si sé que hay millones que no se han equivocado en la vida como yo, hay otros tantos que no se enojan tan rápido como yo; entonces, ¿por qué yo, Señor? Después de haber reflexionado sobre estas cosas, Dios mandó una respuesta y me dijo: “Porque confío en ti y tú haces lo que te mando hacer”. Ahí está la cuestión fundamental. Cuando Dios escribió el libro con Su diseño, ese diseño vino con protección y recursos. Cuando usted es un objetivo claro para el enemigo, no importa qué tamaño de gafas tenga para apuntarle, pues él no le podrá hacer nada. Tal vez va a sentir más fuerte los ataques cuando decida salir a pelear en su terreno, pero más fuerte es Él, Quien está en usted, que el que está en el mundo. Los ángeles que nos guardan siempre están a nuestra disposición. En efecto, de cuántos peligros Dios nos ha librado, incluso en momentos que ni siquiera percibimos.

En uno de mis conciertos en Argentina, mientras le decía a la gente que Dios los perdonaba y que el pasado ya era un asunto olvidado, entre la gente estaba un hombre que me miraba con unos ojos diabólicos y negaba con la cabeza. Tenía una media sonrisa y me apuntaba amenazándome que me callara. Yo sabía que era el enemigo que estaba tratando de asustarme. Yo miraba a la gente llorar y aceptar lo que Dios les estaba diciendo, pero él insistía en distraerme con sus gestos. Entonces me agaché para acercarme más a él y le dije: “No te tengo miedo. Estás perdiendo y tu tiempo ya se acabó”. Mientras me volteé durante un segundo para ponerme de pie, él ya no estaba.

El diablo se nos va a presentar de diferentes maneras durante esta vida, pero usted no debe temerle, pues cuando Jesús murió en la cruz, derrotó al enemigo y al pecado. Cuando usted aceptó a Jesús, Él lo limpió de todo mal porque Su Sangre lo purificó y lo hizo válido para tener el contacto con su Creador otra vez.

Así como Dios nos defiende enviando a sus ángeles a nuestro rescate, así también nosotros debemos defender a nuestro Creador como sus hijos. Dios no necesita nuestra fuerza porque es Todopoderoso, pero sí desea nuestra fidelidad. Hay muchas cosas que me chocan de las personas, pero ninguna más que cuando alguien le falta el respeto a mi Dios. En ese caso yo me paro con coraje y lo defiendo. Ciertamente, muchos de nosotros decimos que somos hijos de Dios, pero no dejamos de apoyar programas de televisión en donde se cuentan chistes de Dios, con burlas hacia Él, o cuando estamos en el trabajo en donde actuamos de una manera diferente porque nos da pena que nos vayan a decir que estamos locos por creer en Dios. Él no dijo que servirle iba a ser fácil en este mundo, pero sí prometió que nunca nos dejaría, aunque padre, madre, hijo, amigos, tías, tíos, primos, perros, etc., nos dejaren.

A todo tiempo nuestra fe tiene que estar en nuestro Creador. Los momentos de necesidad no deben ser los únicos en que vamos a confiar en Él. Yo me he acostumbrado a darle todo el crédito a Dios por todo lo bueno en mi vida. Un orgullo que yo siempre he tomado ha sido que soy una mamá excepcional. En efecto, siempre me alagaba y trabajaba duro para que mis hijos tuvieran todo lo necesario. Además, no los dejaba ir a ningún lado, por más que me lloraran; pensaba que si no estaban cerca de mí, algo les iba a pasar. Cuando les daba fiebre, me quedaba despierta toda la noche para estar segura de que no les subiera más. En fin, a mi modo de ver, era yo la que los estaba protegiendo de todo mal.

Un día mi esposo y yo íbamos a salir por tres días. Se trataba de un viaje muy fuerte que Nikkolas, que apenas era bebé, no podía hacer. Mi suegra se ofreció a cuidarlo y mi esposo, con mucho gusto, dijo que esa era una buena idea. Yo me opuse y me rehusé porque eso no era algo que yo podría hacer; por mi mente empezaron a correr imágenes suyas con una fiebre o lastimado. Mi esposo, a pesar de todo esto, trató de convencerme, pero en mi aferración yo me negaba. Empecé a empacar las maletas de Nikko, cuando de repente escuché algo en mi corazón que me dijo: “¿De verdad crees que has protegido a tus hijos todo este tiempo? Yo soy El que los ha protegido; tú no has hecho nada más que darles lo que Yo te doy, y hacer lo que Yo te mando”. Me sentí redarguida y regañada y deje a Nikko con mi suegros.

¿Será que debemos amar a Dios sólo por lo que Él hace por nosotros? Cada día he creado el hábito de conocer a Dios más y más. No quiero amar a Dios porque Él manda a sus ángeles a que me cuiden o viene con muchos beneficios; yo quiero amarlo sólo porque ese es mi deseo.

Una de mis historias favoritas está en el libro de Daniel 3:1-25, en donde tres jóvenes no se avergonzaron de servirle a Dios, aunque eran de buen aspecto e inteligentes. Ellos vivían en el reino del rey Nabucodonosor. Una vez, este gobernante decidió hacer una estatua de oro. En la ceremonia, invitó a hombres de alta clase, incluidos prefectos, otros gobernantes, consejeros, sátrapas, tesoreros, jueces, magistrados y demás oficiales de las provincias. Imagínese: era como una cena de alfombra roja con todo Hollywood y las Naciones Unidas. Sin embargo, a Sadrac, Mesac y Abednego, a pesar de que estaban muy bien relacionados con todos los invitados, no les importó su estatus, porque dentro de ellos existía un único Dios. Eso era suficiente.

Cuando sonó la trompeta para que todos se arrodillaran a la estatua, Sadrac, Mesac y Abednego no lo hicieron. Ellos decidieron creer en Dios. Cuando el rey se dio cuenta, les preguntó por qué habían desobedecido su orden. Su respuesta fue (Daniel 3:16-18):

“No hace falta que nos defendamos ante su majestad! Si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su estatua”.

El rey mandó a sus soldados que los arrojaran al horno, cuyas llamas eran tan fuertes que los mismos soldados murieron (Daniel 3:24-25):

“En ese momento Nabucodonosor se puso de pie, y sorprendido les preguntó a sus consejeros: -Acaso no eran tres los hombres que atamos y arrojamos al fuego? -Así es su majestad- le respondieron. Pues ¡miren! – exclamó-. Allí en el fuego veo a cuatro hombres, sin ataduras y sin daño alguno, y el cuarto tiene la apariencia de un dios!”.

Sé que muchos que han escuchado esta historia se emocionan, porque Dios vino al rescate de estos jóvenes. No me malentienda, pues esto también me emociona a mí. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue el amor y deseo de defender a su Dios, porque ellos estaban dispuestos a morir por Él. Ellos le dijeron al rey: “Si noos arrojas, nuestro Dios nos va a salvar, y aun si no nos salva… no adoraremos a esa estatua”. Sadrac, Mesac y Abednego no estaban en esta relación con Dios por conveniencia, sino por amor. ¿Cuántos estamos dispuestos a seguir a Dios sólo por amor y no por la conveniencia de que si lo seguimos siempre nos va a guardar?

Amar a Dios no tiene nada que ver con religión, ni con lo que usted se pone; amar a Dios es algo que hace con toda su mente, con toda sus fuerzas y con todo su corazón. Ahora bien, amar a Dios viene con recompensas. En efecto, es una lista larga de todo lo bueno que viene por amarlo, pero esto no debe de ser el motivo por lo cual lo hacemos.

“Las consecuencias de amar a Dios son sus bendiciones, pero éstas no deben ser el motivo para amarlo”.

Cuando hablo con mi Dios, lo primero que hago es decirle por qué lo amo, y en verdad no me he quedado sin palabras. La grandeza de Dios es infinita: ¡cómo no poder amar a alguien como Él, si todo lo que hace es maravilloso! Aunque se caigan las estrellas, yo lo voy a defender; aunque el sol se torne negro y la luna desaparezca, ¡yo lo voy a defender!

5 BARCO DE PAPEL

Recuerdo que cuando era niña me encantaba hacer barcos de papel y, a la vez, hacerlos competir contra otros que hacían mis amigos. Me gustaban mucho los colores que les ponía, aunque sabía que dentro de unos minutos ya no iban a existir. Como marinero que estuviera conduciendo el barco, ponía la piedrita más liviana para que el barco tuviera peso, pero a su vez no se hundiera. Bueno, ya sabemos que de niños tenemos la imaginación gigante; en fin, eran de papel y el agua era su peor enemigo. Aunque ya soy grande, no puedo parar de imaginarme los barcos de papel que estoy viendo ahora. Algunos vienen en diferentes formas, pero tienen la misma capacidad y fuerza de uno.

Una mañana me levanté para tomar mi café, así que encendí el televisor para ver las noticias; de pronto apareció un comercial que anunciaba una droga para la gente con depresión. Me senté porque siempre me intriga escuchar cosas raras que se inventa el hombre cuando ya no halla cómo hacer su dinero. La propaganda muestra a una mujer triste en el parque y a su familia triste con ella. Al final del comercial, aparece un anuncio que afirma que cuando se la tomen, hay que tener precaución, pues hay efectos secundarios causados por la droga: “Deseos de suicidio, vómito, náusea, dolor de cabeza…”, y sigue con más. Imagínese: le están ofreciendo algo para un problema, pero le producen diez más. Este tipo de ayuda para mí son barcos de papel, pues cuando le dan la mano, en realidad su peso hunde el barco.

Esta es la tristeza que estamos viviendo ahora, pues nada es real y nada es permanente. Yo recuerdo que años atrás, cuando me sentía triste y con depresión, pensaba que era una cosa mala. En vez de usar ese momento para subir más en la vida, lo usaba sólo para quejarme y darme lástima. Pero algo muy chistoso siempre pasaba: cuando estaba contenta, no tomaba la vida en serio y se me olvidaba valorarla, pero cuando estaba triste, pensaba en lo bueno que era Dios conmigo. No quiero decir que cuando estaba contenta no pensaba en Dios, pero en nuestra humanidad a veces se nos olvida que es sólo Dios que nos sostiene. Mucha gente me ha contradicho afirmando que la depresión no es algo bueno y que no es voluntad de Dios. Mi punto no es decir que es bueno estar en ese estado, pero sí es bueno estar en un estado que nos hace recordar que todo lo bueno viene de Dios. Yo conozco personas que siempre están contentos, pero ellos han afirmado su fe y confianza en Dios y han aprendido que en cualquier estado, bueno o malo, siempre están conscientes de que Dios es la respuesta. Muchas veces lo he dicho: creo que soy la hija de Dios más cabezoncita de todos, pero mi corazón continúa creyendo en Él y uso las situaciones que vienen a mi vida, aunque no me gusten, para mi bien y para subir a otro nivel.

Para mí un nivel es importante, porque sé que tiene que ver con lo nuevo que va a suceder en mi vida. Yo sé que suena raro que diga que espero las tormentas con ansiedad, pero es la verdad. Nunca falta que cuando miro esas nubes oscuras acercarse, cierro mis ojos y me encomiendo en las manos de Dios porque sé que Él es el Único que me puede ayudar a soportar la tormenta. Es como mirar a mi papá que me está diciendo: “No te preocupes, nenita, aquí estoy y no me voy a ir a ningún lado”.

A los diez meses, mi bebé siempre se portaba de una manera cuando yo estaba cerca de él, pero en el momento en que me alejaba se comportaba inseguro y no intentaba hacer más de lo que podía. Cuando estaba a su lado, él siempre intentaba pararse para dar un paso, pero si no estaba presente, él se quedaba en el mismo lugar y sólo hacía lo mínimo, mejor dicho, lo que puede hacer sin tenerme allí: acostarse. Lo mismo sucede cuando sé que Dios está a mi lado: tengo la seguridad de estar en medio de las tormentas. Pero si me aparto, siento inseguridad porque miro algo fuerte que viene hacia mí y me da miedo combatirlo sola. A estos momentos es a los que me refiero: cuando no nos queda otra alternativa, siempre es a Dios quien acudimos. ¿Será que pensamos que esto es una actuación que no le agrada a Él? No, ¡de ninguna manera! Usted, como padre, dígame: cuando su hijo no hace su voluntad, verdad que es hermoso escuchar esas palabras: “Tú tienes la razón”. A mí me encanta cuando mis hijos me necesitan, porque sé que entonces es cuando uso mi papel de mamá.

Dios nunca hace las cosas para causarnos daño, siempre las hace para nuestro bien. Hasta que no entendamos que es así, siempre vamos a usar los momentos en el desierto como una amenaza, de modo que nos vamos a hundir. Aunque siempre he pensado de esta manera, nunca había sabido cómo explicarlo, hasta que alguien me lo aclaró de un modo muy fácil: “La depresión es algo que nos pasa cuando no estamos conformes en el lugar que estamos”. Esto quiere decir que Dios ha puesto en nosotros un sentir para querer subir más y más en la vida. La depresión empieza cuando no está en donde debe estar. Que nuestros planes no se cumplan nos causa tristeza, porque para nuestro espíritu no es normal estar en un estado neutral. Cuando yo voy a lavar mi carro y estoy apurada, me paso a la línea express, pues allí no me debo bajar, sino simplemente poner mi carro en neutro, de modo que la máquina lo lleva por todo el proceso del lavado. Por eso no me preocupo de mirar por dónde voy, porque una máquina lo está haciendo por mí. Sin embargo, cuando llego al último proceso en donde me están secando el carro, tengo que poner el cambio en M (manejo) y poner atención, porque ahora me toca conducir y el auto está en mis manos. Su vida tal vez ha estado en neutro porque ha usado muchas líneas express, así que se ha acostumbrado a que todo le sea fácil; pero es momento de que cambie el cambio (valga la redundancia), porque es tiempo de que siga adelante por su cuenta, pero, esta vez, en manos de Dios.

Cada cambio que ha habido en mi vida ha sido un propósito para mi bien. Cada vez que me encuentro en una depresión, sé que es tiempo de subir. Ya Dios necesita que madure para mi próxima fase de la vida. Cuando Dios nos creó, lo hizo con Su Poder y eso es lo que nos identifica, “que somos algo grande”. Por lo tanto, tenemos que aprovechar lo que somos capaces de hacer. En usted está algo que tal vez no ha podido ver, pero le prometo que allí está.

Abraham y Sara
Abraham y Sara son un ejemplo de que hay que creerle a Dios para lograr la bendición que ÉL promete. Cuando el Señor llamó a Abraham, le dijo que confiara en Él, ya que lo iba a bendecir. Imagínese que cuando Abraham escuchó a Dios decirle eso (lo que hace que cualquiera brinque y diga: “¡Sí!”), se entusiasmó, pero cuando Abraham se dio cuenta de que el tiempo de Dios no era el suyo, se frustró. ¿Cuánta depresión Abraham y Sara tuvieron que pasar antes de la bendición? Cuando Sara se dio cuenta de que no podía tener hijos, ¿no cree usted que ella pasó por una depresión? Claro que sí, porque no era una noticia buena. Y cuando Dios le pidió a Abraham que sacrificara a su único hijo (el que por fin Dios ya le había proveído), ¿no cree usted que le dio depresión? Claro que sí. La bendición iba a depender de cómo ellos respondieran a estas tormentas. Ya sabemos por qué Dios le dio la bendición prometida. Pero ahora vamos a imaginar que Sara entra en una depresión y que Abraham le consigue unas pastillas para la depresión para que se sintiera mejor. Para mí eso sería decirle a Dios que se equivocó y que no sabe lo que hace. Dios estaba usando esa situación de dolor, “estar estéril”, para que Sara pudiera ver lo grande que es su Dios para cambiar la situación.

Volvamos al barco de papel
Ahora vamos a regresar al barco de papel, ejemplo que nos puede servir como una alerta para nuestras vidas. Lo que el mundo le ofrezca siempre va a ser algo llamativo y atractivo para que no lo piense dos veces. Cuando algo sea muy fácil de hacer, generalmente no le conviene. Todo lo que hemos logrado en el triunfo nos ha costado bastante y por eso tenemos que ser más inteligentes en lo que hacemos. Hoy en día la gente vive en un mar violento, donde necesitamos poner rienda a todo lo que está destruyendo su vida.

Mi hijo Alexio y su Ipod

Un día mi hijo Alexio estaba en el internet con su computadora; de pronto le sale un anuncio de que se podía ganar un Ipod gratis. Alexio se emocionó y me dijo que él se lo iba a ganar. Yo le dije que tuviera cuidado con esos anuncios porque siempre he creído que nada es gratis. Mientras él aplicaba para ganárselo, empezó a ver que tenía que registrarse para muchos magazines que tenía que comprar al año. Claro está, Alexio se puso triste cuando no le di mi tarjeta de crédito. Este anuncio del Ipod gratis lo hicieron de una manera que hiciera que la gente entrara a esta trampa para venderles algo que no querían. Lo mismo ocurre con todo lo que ofrecen para la depresión: se pintan suave y le dicen que le dan las primeras gratis y, de pronto, se encuentra en una trampa de adicción de donde es difícil salir.

Por acá en mi país se dice que antes de firmar algo, siempre se debe leer la imprenta más pequeña, porque allí es en donde siempre lo engañan. Estamos tan apurados en la vida, tan afanosos, que no nos importa leer la imprenta pequeña, así que cuando menos lo espera, está en un contrato del que cuesta salir. Todo el contrato de Dios tiene el mismo tamaño de letra, no hay trampa y todo lo que Él nos ha dado en Su Palabra es claro y nunca cambia.

¿Por qué es que vemos tanta gente nadando hacia los barcos de papel? Aquí está la cosa: se trata de un montón que está flotando cerca de la gente que se está hundiendo y aunque pueden mirar el barco de hierro que es Jesucristo, se les hace muy lejos. Y aunque no sea lejos, prefieren lo fácil, porque el ser humano siempre quiere estar en neutro y no quiere la responsabilidad de flotar y nadar.

Cuando se encuentra una mujer recordando su pasado porque de niña fue golpeada, los barcos de papel le ofrecen un remedio temporal que sólo le quita la tristeza por cuatro horas. Pero si decide nadar a un barco de hierro que está un poquito más lejos, aprenderá a nadar y tener más resistencia, de modo que lo que le ofrecen le ayudará a que use su tristeza como una fuerza para convertirse en un barco de hierro para otros que lo necesiten. Si dejamos que los barcos de papel nos manipulen y nos digan cómo vivir, no van a quedar nuevas fuerzas para nuestros hijos.

He aprendido a través de la experiencia con mis hijos que yo también soy un barco para ellos. Aunque me causan risa las diferentes formas que usan la palabra “mamá”, sé que para ellos tengo que ser siempre un barco fuerte. A todo lo que yo acuda, ellos también lo harán, pues eso es lo que aprendieron de pequeños. Por esa razón es tan importante que seamos un ejemplo bueno para ellos, porque aunque pensamos que no están prestando atención, sí lo están haciendo. Hacia donde nosotros nademos, nuestros hijos también van a nadar; si nadamos hacia los barcos que nos ofrecen pastillas para la depresión, a esa misma dirección nadarán. Pero si usted nada hacia los barcos de hierro que Jesucristo ofrece, ellos también se dirigirán a esos barcos.

Conozco una chica que siempre está en depresión; su droga es la televisión; por lo tanto, sus hijos hacen lo mismo. La cosa más irónica es que mira televisión porque está triste, pero lo que está viendo también es triste, entonces cuando se acaba el programa, se siente peor. Esto no es algo que estoy suponiendo, sino algo que ella me dice. Cuando yo le doy consejo y le digo que Dios es el único que la puede ayudar, su respuesta es: “…es muy difícil”. Claro que es más difícil, pues se requiere responsabilidad y eso es lo que el mundo no quiere. Para mirar televisión no se requiere ningún esfuerzo, sólo basta con estirar la mano para tomar el control remoto; sin embargo, llegar a Dios requiere esfuerzo, determinación, y amor por la vida.

Pablo dice algo tan importante a los Corintios (9:25-27):

“Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre. Así que yo no corro como quien no tiene meta; no lucho como quien da golpes al aire. Más bien, golpeo mi cuerpo y lo domino, no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo quede descalificado”.

Pablo sabía que no iba a ser fácil hacer lo correcto, pero también sabía que él tenía que obligar a su cuerpo para hacerlo. Él también se encontraba flotando en el mar, tratando de decidir hacia qué barco nadar. Aunque todos los de papel estaban cerca, él sabía que no era algo permanente, sino temporal. Él miraba la Marca que es Jesucristo, y su determinación lo ayudó a alcanzar su meta. Él también sabía que tenía la responsabilidad de no quedar descalificado porque tenía que ser un barco fuerte para los demás. Debemos hacer que nuestro cuerpo nade hacia el barco de hierro, aunque se vea que es largo el viaje. Pablo golpeaba su cuerpo, lo obligaba hacer la voluntad de Dios. Todo lo que hacemos no es sólo para el beneficio de nosotros, sino también para el de los demás.

No creo que exista un ser humano en este planeta que quiera hacerse daño a propósito, pero sí existe el ser humano que no quiere batallar y se enreda en las telarañas de mentiras que ofrece el enemigo, llenas de colores y con atractivos. Cuando escuchamos que una persona se quitó la vida, esto no sucedió porque quería hacerlo, sino porque alguien lo convenció de que era lo mejor y la solución a su problema. La Palabra nos advierte que vendrán los días en que a lo malo lo llamarán bueno y a lo bueno, malo (Isaías 5:20). Por lo tanto, en estos días tenemos que tener a Dios como nuestro mejor amigo para poder discernir entre lo bueno y lo malo.

El caso del hombre rico


Recuerdo una historia de un hombre, el más rico en su pueblo, que tenía un hijo al que amaba mucho. Un día el hijo del rico le pintó un cuadro a su papá; aunque no era muy bueno el arte, el hombre lo colgó porque estaba orgulloso de su hijo. Tiempo después el hijo murió; tanto fue el dolor que le causó a su padre, que él también murió. En el testamento que dejó el hombre rico se estableció que se hiciera una subasta de todas sus riquezas. El pueblo entero se emocionó porque sabían que todo lo que el hombre rico tenía eran cosas preciosas y costosas. Entre toda la gente estaba el hombre más pobre del pueblo que sólo tenía un dólar. Cuando empezó la subasta, la primera pieza que levantaron fue el cuadro que el hijo le había pintado al padre. El subastador empezó en cantidad de un peso. El hombre pobre levanta la mano; se dio una espera para ver si alguien apostaba más. Nadie levantó la mano. Por lo tanto, el cuadro se le entregó al hombre pobre. De repente, la gente se dio cuenta de que el subastador alzó sus cosas y se bajó de la tarima. La gente, confundida, vio que el abogado subió y anunció que las instrucciones del hombre rico eran que aquel que comprara el cuadro que su hijo le había pintado se quedaría con todas sus riquezas. Ya se imagina cómo estaba el hombre pobre y cómo el resto del pueblo. Para la gente el cuadro era feo, más bien carente de valor, pero para el padre era lo más valioso; el hombre pobre pudo apreciarlo, pues él no estaba acostumbrado a tener cosas a montones, como las demás personas. El resto de la gente se visualizaba llena de todos los tesoros y riquezas, pero el hombre pobre sólo tenía un dólar y entendía que si el padre lo incluyó como tesoro, entonces costaba algo.

¿Qué quiero decir con esta historia? Muchas veces nos rehusamos a escuchar porque nuestras cosas materiales son muy importantes para nosotros, a veces aún más que nuestra vida. Las distracciones que acumulamos no nos permiten ver más allá, sólo lo que está cerca. Muchas personas viven la vida con una orca suelta siguiéndolos a toda hora porque no tienen paz. Del mismo modo, había un punto de mi vida en donde esa persona era yo. Pero he percibido que no es lo que acumulamos en esta tierra lo importante, sino lo que recogemos en el terreno que Dios nos ha puesto. La tierra, que ha sido ordenada con un propósito, no tiene precio y no comprendo hasta ahora su valor. Sólo sé que está más allá de lo que me puedo imaginar y, dado que Dios lo ordenó, confío en Su palabra y todo lo que Él quiera de mí. A veces siento que me salgo de la raya, que Dios me ha marcado, pero es en esos momentos cuando Él me da la mano para ayudarme a balancearme otra vez. En su caso ocurre lo mismo; Dios no se ha olvidado de usted; sólo es Su manera de llamar su atención, porque tal vez es el único modo.

Con los años me he dado cuenta de que, aunque una tempestad esté rodeándome, no se trata de un temor que siento, sino una seguridad de que Dios me está preparando para avanzar a mi próximo nivel. Ahora bien, no porque ya haya pasado un nivel quiere decir que Dios nunca lo regresará a lo mismo. En ocasiones es necesario tomar un curso para refrescar nuestras memorias. Esto sucede porque seguimos siendo humanos. Las veces que regresaba a la esquina de la cocina, cada vez que me castigaban, era porque se me olvidaba la consecuencia de mis malos actos. Luego pasaba una semana y se me olvidaba nuevamente. Pero en cada ocasión me parecía menos tiempo, pues ya estaba tan acostumbrada a estar allí. No quiero decir que me daban menos tiempo, sino que ya no se me hacía tan largo. Ahora, cuando Dios nos pasa por un desierto, no es que transcurra cada vez menos tiempo, sino que debemos aprender a tomarnos de la mano de Dios, de modo que el viaje por el desierto será mejor. El orgullo que el Señor siente cuando usted lo deja caminar en su compañía en el desierto es el mismo que usted siente cuando su hijo reconoce que lo necesita. Los desiertos en nuestras vidas son muy necesarios porque nos ayudan a madurar y apreciar más los lugares verdes.

En el desierto valoramos lo que Dios nos ha dado

Mi esposo y yo siempre tratamos de hacer un viaje cada año para nuestra familia. Una vez decidimos ir en un crucero de Disney a las Bahamas. Cuando llegamos a la Isla de Nassau nuestras bocas cayeron hasta el piso. Mis niños y mi esposo me mencionaban repetidamente lo linda que era la isla. Pero noté una cosa: la gente local caminaba demostrando que no era gran cosa vivir allí. Entendí que era normal porque para ellos era sólo el lugar en donde nacieron. Sin embargo, para nosotros que vivimos en donde las playas no son transparentes y hay mucho desierto, por supuesto que Las Bahamas son una gran cosa. Ciertamente, si ellos vienen a mi cuidad, cuando regresen a su tierra, la van apreciar mucho más. No siempre todo puede ser verde en nuestras vidas, porque en el desierto nos damos cuenta de que no nos queda otra más que creerle a Dios.

Hay momentos en que me siento estar arriba del mundo y poder nadar, pase lo que pase, pero hay otros en que me siento desmayar y quedo flotando en depresión; hasta que finalmente recojo mis fuerzas, tomo la mano de Dios y le digo que lo necesito para este camino por el desierto que sólo Él entiende, de modo que confío en que es para mi bien aquello hacia lo que Él me conduce.

Muchas veces nos frustramos con el tiempo de Dios y, dado que no tenemos la paciencia para esperar, nos embarcamos en cualquier barco que nos señalan. La desesperación nos puede meter en muchos problemas porque no pensamos las cosas claramente. Conozco el siguiente dicho: “Si suena muy bueno para ser verdad, es porque tal vez lo es”. A través de mi vida, me he dado cuenta de que lo que me cuesta siempre es lo que me dura, pero lo que no, se desvanece rápido.

Cuando sentimos ahogarnos y estamos cansados de mantenernos arriba del agua, Dios no nos deja sumergirnos, pues Él siempre manda una ayuda. Tal vez no va a ser lo que usted quiere en ese momento: puede ser una rama o un tronco de árbol, pero en fin es el auxilio para ese momento.

A mi esposo y mis niños les encantan los juegos de mesa y, a decir verdad, nunca les puedo ganar. Hay en particular uno en que se requiere escoger unas cartas por el reverso en una pila. Estas cartas le indican qué hacer. Le pueden decir que se regrese o que avance. A veces he quedado a sólo a tres cuadritos para ganar, pero de pronto la carta que escojo me dice que me regrese hasta el principio. Entonces me siento incapaz y todos se empiezan a reír de mí. Por supuesto, todos queremos las cartas que nos avanzan para poder llegar a esa casita que lo premia como el ganador. Pero no siempre es así. Por más que afirmo que esta partida la voy a ganar, lo pierdo. Afortunadamente sólo es un juego. Afortunadamente, las cartas de la vida que escogemos de la pila no siempre están a nuestro favor. Todo en la vida es un riesgo y no se puede ver lo que está escrito en esa carta porque está al revés. Todo puede estar girando a su favor, al punto de sentirse en las nubes e inexpugnable. Pero de repente, llega esa carta y le obliga a regresar al principio. Entonces, cuando no vemos lo que queremos, nuestros ojos se convierten en un fertilizante para hacer crecer la duda en nuestros corazones. No afirmo esto porque alguien me lo haya contado, sino porque yo pasé por estas dudas y, hasta la fecha, a diario tengo que asegurar mi fe en Dios, pues el enemigo todos los días trata de quitarnos la paz y hacernos dudar. Sin embargo, más grande es el que está en nosotros.

Los barcos de papel siempre van a estar a nuestro alcance; de hecho, están esperando fuera de su puerta para que, en el momento en que usted salga, lo puedan escoger. Tenemos que estar listos para saber lo que vamos a confrontar cada día. Diariamente nos encontramos ante un nuevo reto y debemos saber cómo reaccionar a cualquier situación que nos tome por sorpresa. Recuerdo una mujer que se me acercó y me contó que había estado en un accidente que le había cambiado toda su perspectiva de la vida. Ella continuó diciéndome que la única manera para ser feliz era tomando pastillas para la depresión. Yo le respondí que esta situación no ameritaba subirse al barco de papel, sino que esa circunstancia debía servir para que percibiera cuán grande es Dios y cómo la había salvado de la muerte.

Resulta triste cuando Dios nos demuestra cuánto nos ama, pero nosotros ignoramos Su voluntad en nuestras vidas. Siempre estamos buscando el control y tener el manejo, y le decimos a Dios que se siente en el lado del pasajero.

Recuerde el texto de Santiago 1:5-6:

“Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y Él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie. Pero que pida con fe, sin dudar, porque quien duda es como las olas del mar, agitadas y llevadas de un lado a otro por el viento”.

Este libro de Santiago nos advierte bastante sobre la fe y la duda. Si no tenemos fe, dudamos, lo que nos convierte en una ola del mar. Recuerdo, por ejemplo, cuando estaba embarazada. Yo era como una ola, pues mis emociones subían y bajaban. Mi esposo siempre llegaba del trabajo y lo primero que hacía era notar mi humor. ¡Pobrecito! Cuando no estaba de buen humor, él tenía que tratarme con cuidado porque cualquier cosa me hacía llorar. Para las mujeres es el embarazo, pero para el hombre sólo existe una explicación: ¡Estamos locas! Pero bien, de eso está hablando Santiago: de estar seguros de pedirle a Dios la sabiduría para no enloquecernos. Buscamos remedios en todos lados, menos en la sabiduría de Dios.

Para volver a la mujer de las píldoras, ella me decía que ya le había pedido a Dios, pero que no pasaba nada. Sin embargo, esa desatención de Dios no existe porque la Palabra nos afirma: “Pero que pida sin dudar”. Cuando no dudamos, Dios se complace y no sólo nos da, sino que lo hace generosamente, sin menospreciar a nadie. Así es que no importa su color, estatura, proveniencia o pasado; Dios no menosprecia a nadie que pide con fe.

Imagínese que está en un mar cuyo fin no puede ver, y le duelen las piernas de tanto moverlas para no hundirse. Sin dudar, pídale a Dios que le dé la sabiduría para que tome el próximo paso. Le aseguro que le va a mandar la ayuda que necesita para ese momento. Tal vez no es el barco de metal que estaba esperando; puede ser simplemente un tronco que le da descanso mientras nada hacia su destino. No es que Dios no nos quiera dar el barco de una vez, sino que nos está condicionando físicamente para bordar el barco de hierro a nuestro proximo nivel. A mí me ha pasado que he recibido algo muy pronto, pero no estoy lista. De repente, Dios viene, me lo quita y me dice: “¡Hasta que estés lista, Annetita!”. Entonces me frustro y me enojo, pero luego estoy contenta porque sé que Él siempre está bien y yo no. Me maravillo de todo lo que Dios ha cumplido en mi vida, aun las tormentas que me empiezan a ahogar, porque sólo así puedo mirar lo grande que es Dios conmigo. Del mismo modo, Moisés ignoraba qué hacer cuando el mar los atrapaba cuando huían de los egipcios y no encontraban un lugar para pasar. Él se sentía que se ahogaba, pues la gente empezó a juzgarlo y a acusarlo de traición. Él no estaba contento con Dios en ese momento, pero, como era obediente y con fe le pidió al Dios Todopoderoso, se abrió el mar. Todo lo que leemos en la Biblia lo podemos aplicar a nuestras vidas ahora, porque el Dios de Abraham, Moisés y David, es el mismo: no ha cambiado.

A muchos nos da miedo salir de nuestra casa por temor a confrontar los barcos de papel. Pensamos que si nos quedamos bastante tiempo escondidos, lo barcos van a desaparecer. Pero no es así, no se van a ir; éstos siempre van a estar flotando cerca de donde estemos, porque tienen que hacer su negocio de una manera u otra. Así que reclame lo que es suyo: el valor con que nació para poder pararse firme, aun en la tempestad.

6 AQUÍ ESTÁN LAS LLAVES

Un ser humano que piensa que todo carece de forma no considera que está ante una oportunidad para empezar de nuevo. En efecto, nos enfocamos en nuestros logros del pasado, pero nunca paramos de hablar de ellos. Empezamos a convertirlos en lo que nos define en el presente y no los dejamos ser historia.

Yo soy fanática del baloncesto y cada año les voy a los Lakers, porque mi esposo es de Los Ángeles, California, y me gusta apoyarlo (más bien no me queda otra). En 2010, los Lakers ganaron el campeonato, lo que hizo a mi esposo el hombre más feliz del mundo. Después de la celebración, entrevistaron al entrenador de los Lakers, Phil Jackson, y me interesó bastante lo que él comentó. Cuando le preguntaron si estaba contento y satisfecho por tal logro, contestó que era feliz porque todo el entrenamiento rindió frutos, pero que ese logro ya era pasado y, por tanto, no estaba satisfecho, pues todavía faltaba el próximo año para ganar. Me puse a pensar en ese momento que todos nuestros logros son sólo una historia que no definen el presente.

La zona de comodidad es muy peligrosa porque cuando se obtiene algún logro, creemos que es suficiente para definirnos. Yo tengo amigos que infortunadamente se han complacido en el pasado y piensan que ya han hecho lo suficiente. Sin embargo, la realidad es que nunca se pueden dar por terminados, porque Dios puso en nosotros logros para toda la vida hasta la eternidad. Muy a menudo recibo mensajes a través del correo electrónico, Facebook y Twitter, que cuentan lo que mis canciones han ayudado a muchos a entrar a otro nivel en su vida. Aunque son cosas positivas y me emociono al verlas, yo sé que son sólo historia, son pasado y, por tanto, no me definen en el presente. Todas las cosas positivas que escucho a través de mi ministerio me animan a seguir componiendo nuevas canciones y a buscar otras maneras de alcanzar más territorio. El terreno que yo he trabajado hasta hoy es un pasado (un lindo pasado), es decir, no hay fin en lo que he trabajado. Aunque el enemigo dice que ya he trabajado bastante y que tengo que planear mi retiro, yo le respondo que ni siquiera he empezado.

Antes de todas las nominaciones y premios que he recibido a lo largo de mi carrera musical (Premios Arpa, Premios Vida, Premio de la Gente, Latin Grammys, La Diosa de Plata y otros más), existe una historia basada en la decisión de los seres humanos. Estoy agradecida por todo lo que me han apoyado, pero estos logros no me definen.

Un día escuché a alguien decir: “Hay que parar de alagar tanto nuestros logros. Dios no está impresionado”. Estoy totalmente de acuerdo, pues Dios nos ha entregado muchas llaves para diferentes puertas, que son regalos nuevos para compartirlos con otros; sólo tenemos que buscar qué llave es para cada puerta. No debemos quedarnos estancados en el pasado aunque haya sido un tiempo impresionante. Tenemos que buscar y sacar nuevas visiones para cada etapa de nuestra vida. La única manera de sacar las que son destinadas para nosotros es darle el control total a Dios. Cuántas veces hemos pensado en buenas ideas, de modo que nos animamos a hacerlo, pero toda la preparación y los planes que hicimos para lograr éxito no nos funciona, aunque hicimos todo bien.

Recuerdo que en un tiempo en mi vida, antes de que yo empezara a reconocer claramente mi propósito, empecé un café tipo bistro. Yo tenía un dinero guardado para mi negocio, lo que era para mí un sueño. Hice mi tarea y empecé con la planificación de negocio. Cuando abrí el café por primera vez, llegué a casa agotada, aunque me había salido todo muy bien.

Sólo Dios sabe cuántas chapas hemos quebrado por tratar de abrir puertas incorrectas. Entrar a la fuerza no quiere decir que es nuestro lugar, sino que tuvimos que tumbar una puerta. Dios no trabaja forzando las cosas. Aunque tal vez parezca que en el momento es Su voluntad, puede ser sólo Su misericordia. Dios es amor y nos ama incondicionalmente, pero en nuestra torpeza hay puertas que abrimos y a Él sólo le queda tener misericordia de nosotros. Recuerdo una etapa de mi vida que no olvido porque perdí dinero. Siempre me ha gustado el negocio, pero Dios me había dicho de muchas maneras que ese no era el camino. Aunque no tenía la llave, con mi fuerza tumbé la puerta y pasado el tiempo me di cuenta de que había sido un error muy grande.

“Los errores tienen una manera de prendernos una luz aunque estemos ya en el momento”.

Cuando nos vemos atrapados, le clamamos a Dios con todo corazón y le pedimos que tome el control del timón. Luego viene en Su misericordia para socorrernos y, cuando vemos que ya estamos en un lugar cómodo, le quitamos nuevamente las llaves para continuar solos. Se nos olvida de dónde proviene la ayuda que hemos recibido y nos tomamos el crédito que le pertenece a Él.

La clave para mantener las cosas bajo control es la constancia. Tener el control por unos días o unos minutos y luego perderlo no requiere de mucho esfuerzo. Pero para mantener un control constante se requiere un poder que no existe en un humano. Santiago 1:16-17 afirma:

“Mis queridos hermanos, no se engañen. Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras”.

Ahora, si usted considera que puede crear lumbreras y puede no moverse como las sombras, entonces tiene licencia para manejar solo; en caso contrario, usted es uno de nosotros, pues necesita de un ALGUIEN que le ayude a manejar.

“Los golpes en la vida sólo me han servido para una cosa: estar completamente segura de que yo no puedo conducir mi propia vida, mucho menos la vida de otros”.
Cada uno de nosotros es responsable de sus emociones y de lo que decide hacer con ellas. Las quebraduras que siempre cargamos con nosotros son producto de nuestras propias decisiones.

En fin, todo esto sólo es la superficie de la razón, por lo cual hago lo que hago. Dentro de mí existe la pasión, ese fuego que nunca se apaga y que poseo para cumplir con el propósito para el cual nací. En efecto, han llegado momentos en los cuales ni yo he podido apagar tal fuego.

Regreso, aquí, al siguiente punto: no podemos basarnos en los logros para definirnos en el presente. Recuerdo que una noche después de estar filmando un video musical, me fui con una amiga al IHOP, un restaurante de pancakes. Yo había ordenado unos pancakes con miel de fresas y un café. No pude terminarme todo, así que lo que sobró me lo pusieron en una caja para llevar. Nos metimos al carro de ella porque me iba a llevar adonde me estaba hospedando. Pasamos unos minutos por una calle; luego nos metimos a la carretera que era un poco angosta y empinada, cuando, de repente, una persona, que estaba detrás de nosotras, iba manejando borracho y nos quiso sobrepasar; sin embargo, en medio de su embriaguez, golpeó el carro del lado en que yo iba. En unos segundos nos vimos dando vueltas y nos pegábamos de un lado de la protección de la carretera al otro. Mi amiga perdió el control y, como yo no tenía el cinturón, volaba por todo el carro. De pronto miré la cara de mi amiga y me di cuenta de que ella estaba llorando; entonces empecé a encomendarnos en las manos de Dios. Ya no teníamos manera de controlar la situación –claro, que les esté escribiendo estas palabras quiere decir que Dios nos libró–. Pero la desesperación de no tener control en ese momento era lo que venía a la mente. Dentro de mí me preguntaba: ¿qué haría si Dios no hubiera tomado el control? Así estamos muchos en situaciones en donde ya no sabemos qué hacer con aquello que estamos pasando.

En nuestra vida espiritual le pegamos mucho a las paredes de concreto y nos enloquecemos por no poder hacer nada. En efecto, tenemos una idea de cómo deben ser nuestras vidas y realmente estamos lejos de lo que es. Ya he perdido la cuenta de la cantidad de ocasiones en las que una chica o un chico me cuenta sus experiencias de vida, como niños. Me comentan sobre cómo alguien les quitó su inocencia, cómo alguien los violó continuamente y nadie los detuvo. Estas son las estrelladas con las que nos enfrentamos cuando somos incapaces de comprender que en nuestra propia fuerza no podemos.

¡Cuándo aprenderemos! ¡Cuándo le vamos a entregar todo a Dios! Cuándo vamos a decirle: “Aquí están las llaves, ya no quiero manejar, ya no quiero dirigir, yo no sé nada”. Pero tenemos que creer lo que decimos, pues muchos vamos a una iglesia y cuando están cantando mencionan, por ejemplo: “Yo me rindo a Él” y, al salir de la iglesia, nada cambia. Vuelva a sus propias fuerzas y examine lo que hace toda la semana.

Dado que yo no pretendo ser más que nadie, me permito ser sincera y afirmar que a mí Dios me sacó del lodo. Todo lo bueno que tengo en mi vida ahora ha sido sólo por Su Gracia. Pero de vez en cuando puedo ser lunática con mi vida espiritual. Por ejemplo, un día me levanté con preocupación porque no habíamos escogido quién iba a mezclar mi disco. Empecé a llamar a diferentes ingenieros; unos estaban ocupados y otros no contestaban. Hice un ruido como un suspiro, ya que tenía el nivel de estrés de una montaña, y empezaba a dudar. Dentro de mí sentí que alguien me aplastaba el corazón. Cerré mis ojos, me fui a mi cuarto a conversar con Dios y le expresé todo lo que sentía. De repente, sentí que me abrazó y me dijo: “Dame las llaves y hazte a un lado”. Yo sentí que me halaba las llaves, pero en mi orgullo yo no las soltaba. Era como si yo le estuviera preguntando a Dios si Él sabía lo que estaba haciendo. Estas son las locuras que cometemos todos los días. Dios nos quiere tratar como sus hijos y enseñarnos a manejar, pero no estamos aprendiendo. Sólo hasta que solté las llaves y terminé de orar, pude encontrar a la persona que me mezcló las canciones.

Gianni, mi hijo mayor, está en la edad en que ya quiere manejar. Yo le digo que le puedo enseñar, pero tiene que ser en un lugar en donde no haya peligro. Él está de acuerdo y ahora sabe manejar bien, para ser un niño de 15 años. Claro está que no lo dejo solo, ni le permito conducir cuando hay mucho tráfico, pero está manejando conforme a lo que tiene que saber (aunque ahora ya me está pidiendo un carro). Es así como Dios nos protege y nos advierte: nos deja manejar en áreas que no son peligrosas porque sabe que somos capaces de estar bien. Sin embargo, hay que ser sinceros: las cosas que más deseamos o que nos cuestan son las que tenemos que dejar que Dios controle. Aunque sé que es más fácil decirlo que hacerlo, es importante que se convierta en una acción. En Santiago 1:22-25, Dios nos advierte que no sólo debemos ser oidores, sino hacedores:

“No se contenten sólo con escuchar la Palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica. El que escucha la Palabra, pero no la pone en práctica es como el que se mira el rostro en un espejo y, después de mirarse, se va y se olvida en seguida de cómo es. Pero quien se fija atentamente en la ley perfecta que da libertad, y persevera en ella, no olvidando lo que ha oído sino haciéndolo, recibirá bendición al practicarla”.

No creo que pueda ser más claro sobre las consecuencias, si es que sólo escuchamos. Cuando allí se habla de la persona que se mira en el espejo y se olvida, esto me recuerda a una persona que conozco, que siempre está pidiendo consejos, pero que al despedirse, se le olvida y vuelve a la misma situación. Es como pensar que sólo con escuchar vamos a cambiar. Sin embargo, eso no es así. No pretendo conocerlo todo, pero sí sé algo muy importante: cada vez que escucho un mensaje de Dios o un consejo que sé que viene de una persona que habla con propiedad, rápidamente trato de practicarlo. Pero unos años atrás yo no hacía eso y no entendía por qué mi vida seguía igual. Yo le reclamaba a Dios: aunque yo leo tu palabra todas las noches, oro por mi comida y trato de agradecerte por todo, ¿por qué no cambian las cosas? Era porque no practicaba lo que leía; sólo lo pensaba, pero no lo hacía.

Por muchos años yo creí que Dios no me tenía paciencia para llegar a su perfecto propósito. Muchas “hermanas” me decían en la iglesia que si no cambiaba de inmediato, Dios me iba a consumir al momento. La verdad yo creí esa mentira y me estresaba porque no veía progreso en mi relación con Dios; para mí Él era un Dios de sólo guerra al que temía. Lo que más me confundía era que estas “hermanas” reprendían y a la vez usaban la lengua para chismear y subvalorar a la gente. Esto no lo menciono como si yo nunca hubiera caído en este error; más bien hay personas que hasta ahora Dios, en su perfecto amor, me ayuda a tenerles paciencia.

En mi humanidad, hay momentos en donde le digo a Dios que prefiero manejar porque ya sé todo; pero luego me doy cuenta de que no tengo ni la mayor idea de cómo funcionar sin mi Creador. Dios es justo y conoce el corazón de cada ser humano. Lo más profundo que tenemos es nuestra alma y Él conoce todo su interior.

Este capítulo se lo dedico a cada hombre y mujer que está buscando una salida a su amargura o el fallecimiento de alguien cercano. En la actualidad hay cosas horrorosas que les suceden a las mujeres en particular y, cuando alguien se aprovecha de ellas, las dejan sintiéndose devaluadas. Por otro lado, hay hombres que nunca se han sentido respetados, se dan por vencidos y dejan de seguir insistiendo. La única manera para combatir tragedias consiste en entregarle las llaves al Creador porque Él fue quien lo hizo y no hay quien lo conozca más a usted que Él. Tal vez es una chica que está llorando porque se acaba de dar cuenta de que está embarazada como producto de una violación, o es un chico que alguien cercano violó desde pequeño y nadie hizo nada para protegerlo. Ahora es un hombre que no puede identificarse con el género masculino. Dios mandó a Su hijo para que todas nuestras dolencias, heridas, amarguras y ansiedades fueran sanadas. Cuando caminó con esa cruz pesada, Él pensaba en usted, y lo hizo hasta el final, porque sabía que usted podría vivir si Él moría. Así pues, tiene que acercarse a Dios para que le dé la sabiduría que le permita combatir estas tragedias y convertirlas en sus fuerzas.

Dado que desconocemos el futuro, debemos estar listos para el bien o el mal. La de Job es una historia que me llena de fortaleza, pues aunque él tenía todo, le decía a Dios: “Aquí están las llaves”. Y cuando le surgieron cosas malas, continuó diciéndole a Dios: “Aquí están las llaves”. Lo que quiero decir aquí es que, cuando las cosas marchen bien, no debemos confiarnos en que así seguirán, sino que es necesario estar listo para cuando lo pedregoso aparezca.

Conozco a una chica que llevaba todo en orden y su vida era como una agenda perfecta. Pero una noche que manejaba rumbo a su casa, empezó a sentir dolor por todo el cuerpo. Al día siguiente no tenía fuerza en sus brazos ni en sus piernas y, por más que trataba de levantarse, ya no podía. Cuando la llevaron al hospital, le avisaron que tenía una enfermedad en los huesos que le dificultaba moverse. Imagínese, a una chica con tantas metas y sueños, de un momento a otro la vida le trajo una sorpresa, de tal manera que sus aspiraciones se toparon con una pared.

Cuando entramos en un mundo extraño al que estamos acostumbrados a vivir, nos congelamos un rato porque sufrimos un impacto que detiene lo que estamos haciendo. Cuántas mujeres ahora mismo están sufriendo por un matrimonio destrozado, o alguna está siendo usada en el sexo traficado, está siendo violada todos los días, o un niño está siendo confrontado por un monstruo todas las noches que lo lastima y lo amenaza si le dice a alguien. Puedo seguir y seguir con eventos que están pasando ahora mismo o que ya sucedieron, pero el problema es que ya ocurrió y no sabemos cómo acercarnos e identificarnos más. Este mundo se pone peor día tras día y no parece que haya muchos que podamos ayudar porque la mayoría somos víctimas. Tenemos que aprender a superar nuestros atrasos, pues sólo así podemos estar allí para otros, en fin, para eso fuimos creados. Hay un dicho muy común en mi país que reza: “A la miseria le gusta la compañía”. En efecto, Mateo 9:37 nos dice: “La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros …”. Pídanle al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo, porque hay más gente en el agua tratando de quedarse a flote que gente ya en el barco de hierro.

Creo que la lástima es un factor muy grande en este problema; todos queremos ser escuchados, pero nadie quiere escuchar. Cuando estoy cansada, mi esposo y mis niños saben que me torno un poco sentimental y cualquier cosa me pone mal. Recuerdo que llegué de una larga gira y estaba muerta del cansancio. En medio de toda esa emoción me entristecí y sentí que tenía que hablar con alguien. Llamé a una amiga para ver si me ayudaba; sin embargo, al terminar nuestra conversación, era yo quien estaba consolándola. Pero la verdad me sentí mejor cuando colgué, no porque ella me hubiera ofrecido palabras para confortarme, sino porque me acordé de que Jesús nos había dicho: “La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros…”.

Yo sé que los problemas nunca se van acabar, pero la manera en que los confrontamos sí puede cambiar. Recuerdo mi actitud cuando recién empecé mi carrera musical. Muchos empezaron a decir que yo era satánica, drogadicta, y que mi ropa era del diablo (aunque hasta ahora no comprendo lo que eso quiere decir). Esos comentarios me ponían muy mal, de modo que quería darme por vencida, pues era mucha la crítica y me lastimaba. Pero un día decidí hacer de esas críticas mis fuerzas, y me puse a considerar que si la gente pensaba tanto en mí, entonces yo era importante. Sabía que mi corazón era sincero y que todo lo que hacía era para ayudar a otros. Era mi seguridad la que ponía de manifiesto la inseguridad de otros porque percibían que yo seguía adelante y estaba cumpliendo el propósito por el que fui creada por Dios. Primero tuve que creer en lo que yo era para poder reconocer mis fuerzas. Debí antes confrontar mis obstáculos para poder seguir. Había momentos en que quería desistir, pero algo dentro de mí siempre me decía: “¡No! Espérate”. Claramente era el Espíritu Santo que me guiaba para poder llegar adonde estoy. Tuve que aprender a entregarle las llaves a Dios porque era la única manera de poder superar mis problemas y dejar el pasado como una enseñanza y ya no una tragedia.

Creo que lo más difícil fue aceptarme como alguien importante, a pesar de mis fallas y de todo lo que me había pasado. Como lo había mencionado, la religión nos ha pintado una imagen de Dios como alguien que siempre está listo para condenarnos. Pero esto es erróneo, pues Él lo creó con un propósito. Todo lo que Él hizo fue con un propósito. Usted no fue creado para tomar espacio en esta tierra; usted fue creado con una habilidad increíble que el mundo necesita.

Hebreos 12: 10-11 nos indica la manera como nuestro Padre nos corrige:

“En efecto, nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien a fin de que participemos en Su santidad. Ciertamente ninguna disciplina, en el momento de recibirla parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella”.

Quiere decir que todo lo que usted denomina malo, en realidad es algo que potencialmente producirá una cosecha buena. Ahora yo voy a poner énfasis en la frase: “… quienes han sido entrenados por ella [la disciplina].” Lo que quiero indagar con esto es: ¿qué tipo de actitud toma cuando llegan retos a su vida? ¿Es entrenado o pierde el control y se va por un rumbo sin dirección?

Los retos, los problemas, las tragedias, como usted los quiera llamar, no van a desaparecer, pero usted sí puede cambiar su actitud hacia estos. El miedo que la mayoría de la gente siente se produce al confrontar sus retos; entonces prefieren esconderlos y esperar que un día desaparezcan. Yo siempre he dicho que las cosas que se deben enfrentar tienen flotadores y nunca se hunden. Cuando ya se afrontan, el valor se convierte en un ancla y las hunde. No estoy hablando de un valor de supermán, sino del que Dios puso en nosotros como sello por ser Sus hijos. ¿Se imagina si en este momento en que está leyendo este libro, decide darle las llaves a Dios para que maneje su vida, y le dé la valentía para abrir su corazón al perdón, al amor y a la paz que sólo Él le puede brindar?

Hay que dejar la lástima en este momento. En mi caso, ésta sólo me atrasó y me hizo sentir peor. Pero una noche inolvidable, Dios me recordó que yo era su hija y que podía vivir feliz con sólo cambiar mi actitud; entonces poco a poco las cosas empezaron a transformarse, sólo porque he sido entrenada por la disciplina de Dios. Esto no sucedió repentinamente; de hecho, aún sigo cometiendo errores, pero ahora me puedo levantar más rápido de mis caídas porque sé quién soy, a pesar de todo lo que me he lastimado.

Dios es bueno y, a pesar de nuestras malas decisiones, nos da la oportunidad de levantarnos de nuestras caídas. Por esa razón, todavía estamos aquí. Si usted ha vivido mucho tiempo en un vacío y sigue intentando lo mismo, tal vez esto sucede porque tiene que cambiar el canal y tomar el camino que fue creado para su vida. Además, acuérdese de que los momentos difíciles que pasamos también nos sirven para entender a otros que están sufriendo la misma situación y, aunque Dios nos dio a todos la habilidad de cambiar, Él está esperando que usted entre primero en esta carrera.

Dele las llaves a su Creador, pues si se sienta en el lugar del copiloto, ya no podrá ver el retrovisor que le recordará todo lo que le hace llorar. Su Creador sabe por dónde debe viajar. Le aseguro que le va a encantar el panorama sin tener que preocuparse por manejar.

7 BÁJATE DE LA CANOA

Muy bien recuerdo un chico que vino a uno de mis conciertos en México. Él se me acercó con una ansiedad y me dijo que estaba desesperado porque no podía alcanzar sus sueños. Yo le respondí: “La única manera en que puedes lograr tus sueños es despertando de tu sueño”. Cuántos de nosotros tenemos sueños y metas que deseamos alcanzar, pero infortunadamente no queremos despertar, ni levantarnos de la cama. Se nos pegan las cobijas cuando es tiempo de levantarnos; y si salimos de la cama, lo hacemos con una actitud aburrida porque no hemos podido encontrar un propósito para vivir.

Dios no creó las cosas lindas para los animales, sino para nosotros los humanos; a pesar de eso, los animales conocen el propósito que Dios puso en ellos. Por ejemplo, la vaca sabe que tiene que producir leche, y la gallina, huevos; así podríamos continuar con más animales. Sin embargo, ¿qué pasó con el humano? Hay miles y miles de personas en este momento que tienen miedo de vivir y se conforman con sólo existir. ¿Por qué sucederá esto?

Recuerdo una noche en que me puse mal; tenía una gripe que no se me iba y, por más que luchaba por sentirme mejor, me empeoraba. Para mí no era el dolor de la gripe, sino el hecho de no poder levantarme de la cama y saber que, mientras yo estaba acostada, las oportunidades se me pasaban.

Muchos de nosotros no realizamos los deseos que están en nuestros corazones simplemente porque tenemos una lista larga de excusas para toda la vida. Uno de los temores más grandes de la humanidad es “fallar”. Le tenemos tanto miedo a ser rechazados por otros o juzgados como locos, que preferimos vivir la vida “normal”. Pero “normal” aquí en realidad es hacer lo que no corresponde en la vida. En efecto, hacemos todo menos aquello para lo que fuimos creados.

Hay tanta gente hoy en día que se está gastando su vida, pero no está manifestando ningún fruto. Si usted viene a vivir en mi casa y convive conmigo por un tiempo, se dará cuenta de que me gusta cocinar, limpiar, decorar, jugar baloncesto, etc. También se podría dar cuenta de que me ENCANTA escribir, sea música o algún pensamiento. ¿Sabe por qué me encanta? Porque ese es mi propósito en la vida, eso es lo que Dios puso en mí y es lo que arde dentro en mi corazón y mente. Él me creó para otros. Cocinar, limpiar, decorar o jugar deportes, me beneficia a mí y a mi familia, pero no a otros. Yo sé que estoy en la voluntad de Dios porque puso en mí algo “no” egoísta.

Cuando yo le digo a mi público: “Bájate de la Canoa”, muchos piensan primero en algo para su propio beneficio. Pero es mucho más que eso: significa estar listo para no tenerle miedo al agua cuando llegue el momento en que hemos descubierto nuestro propósito. Para cada uno de nosotros Dios ha confirmado un llamado, incluso antes de la creación, para beneficio de otros. En este verso podemos ver que Pablo tenía los mismos problemas. (NVI 1 Corintios 12: 7): “A cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu para el bien de los demás”. Este verso tiene dos puntos muy importantes: el primero es la expresión “cada uno”, que se refiere a la individualidad: el segundo es “bien de los demás”, que se refiere a la ausencia de egoísmo.

Cuando alguien me dice que quiere ser como yo, rápidamente le digo que Dios hizo algo en esta persona que no hizo en mí, y que me encantaría verlo. A usted, que está leyendo este libro, le quiero recordar lo especial que es y cuánto Dios creó en su vida para poder cumplir su propósito.

Por otro lado, no pensamos muy profundo en la razón del porqué estamos aquí. Yo le voy a decir lo que yo pienso de mí, y quiero que usted piense lo mismo de sí; Dios, el Creador de todo espacio y tiempo, el Señor del universo, el Dueño de cada alma y de toda la tierra, el Príncipe de Paz, el Señor de Señores, el Todopoderoso y el Rey de todos los Reyes, pensó en usted. Nadie más tiene lo que está dentro de usted; nadie más puede lograr lo que usted puede hacer con su propósito. Mire su mano ahora; antes de continuar, mire las líneas que hay en ella: nadie en este universo tiene un diseño idéntico.

Cuando entendemos nuestro valor en Dios, es muy fácil comprender mejor nuestro propósito. De esta manera, algo en nosotros nos empuja a querer saber más de lo que podemos hacer. Empezamos entonces a tener más confianza en nosotros mismos como hijos de Dios. Antes de que se acostaran, yo siempre les dejaba a mis hijos la puerta un poco abierta para que pudiera entrar la luz, pues si se la cerraba completamente, no se dormían porque le tenían miedo a la oscuridad. Con esa pequeña apertura de sólo un centímetro, la luz entraba y podían descansar. Si bien era simplemente un centímetro, con sólo ese poquito ya entraba la luz.

Yo entiendo que de la noche a la mañana no es posible cambiar algo que hemos practicado por mucho tiempo; sin embargo, lo que sí podemos hacer cada noche es abrir la puerta de nuestro corazón cada vez un poquito más.

Muchos hacemos cosas lindas: mandamos dinero a un orfanatorio, le damos un sándwich a un hombre de la calle, o asistimos sin interrupción cada domingo por la mañana a oración. No me tomen a mal. Estas son obras lindas, pero no es lo que lo define a usted. De hecho, yo practico algunas, pero eso no quiere decir que es el propósito de mi vida. Yo sé por qué estoy aquí, ya lo estoy logrando, pero también cuando Dios me pone en el corazón ayudar financieramente, yo lo hago. Recuerde NVI Proverbios 21:3: “Practicar la justicia y el derecho lo prefiere el Señor a los sacrificios”. Podemos hacer sacrificios, pero Dios siempre va a preferir lo que es derecho y justo. Practicar la justicia significa buscar el propósito en usted y llegar a la madurez que pueda ser manifestada a través de usted para el beneficio de los demás.

En NVI Proverbios 20:5 está consignado: “Los pensamientos humanos son aguas profundas; el que es inteligente los capta fácilmente”. Este verso quiere decirnos que, aunque los propósitos del hombre están profundos en el alma, el que sabe pescar, va y los saca. Esto significa que tenemos que buscar y prestar atención a nuestro interior porque, aunque sean profundos los propósitos, el que busca los encontrará. Por otro lado, en NVI Lucas 11:9 dice: Así que yo les digo: ‘Pidan y se les dará, busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá la puerta’. Estas son palabras rojas que me dicen que salió de la boca del mismo Dios a través de Su Hijo. Jesús caminó en esta tierra y Su Padre le daba todo lo que Él pedía. Pero todo lo que pedía era conforme a Su propósito. En efecto, no estaba pidiendo nada para su propia gloria, sino para gloriar a Su Padre. Muchos de nosotros ahora sólo obramos a nuestra manera para que el humano nos pueda gloriar, pues nos importa más lo que digan de nosotros aquí en la tierra que lo que Dios en el Cielo tiene que decir. Cuando Jesús caminó aquí en la tierra, Su propósito era demostrar la Gloria de Su Padre. Pero aparte de tener un propósito, también tuvo el sueño o la visión de que iba a morir por nuestros pecados y así le iba a quitar las llaves a satanás para destrancar las cadenas que tenía sobre nosotros.

Conocer el propósito es importante, pero lo que se va a hacer con él lo es aún más. Yo conozco mi propósito, pero qué provecho obtendría usted si yo simplemente le dijera que sé escribir unas canciones, pero nunca se las mostrara. ¡Ninguno! Absolutamente ninguno. Yo tengo una caja fuerte en mi casa, en donde guardo tesoros como fotos, pasaportes, dibujos de mis niños, etc. Ahora bien, imagínese que yo pusiera allí también todas las canciones que he escrito, ocultas en donde nadie pudiera leerlas, más que yo, porque sólo yo sé el código de la caja. Eso sería egoísta de mi parte, pues cuando Dios me creó, Él miró la tierra en donde yo iba a sembrar y ese lugar sólo tendría mi imprenta y de nadie más. Quiero decir que si yo no hiciera mi trabajo, esa tierra se perdería y yo sería la única responsable por ello.

Dios no nos pide que hagamos cosas imposibles porque ese es el trabajo de Él. Lo único que pide de nuestra parte es sembrar y regar, para que Él dé el crecimiento (NVI 1 Corintios 3:6). Tal vez se ha preguntado por qué nada está creciendo en su terreno y, aunque se haya sacrificado por años, físicamente se haya matado con sudor, haya tirado semillas (propias) y haya regado, no obstante, sigue frustrado y nada pasa. Puede ser que no está sembrando en la tierra que Dios le dio y, por tanto, su semilla no es compatible con esa tierra.

Me alienta cuando leo estas palabras en el libro de Isaías, porque es tan directo al corazón que está buscando su propósito (Isaías 55:9-10):

“Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; más altos que los cielos sobre la tierra! Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin regar antes la tierra y hacerla fecundar y germinar para que dé semilla al que siembra y pan al que come”.

¡Imagínese! Dios nos está dando la oportunidad de volar; Él quiere que nosotros entendamos Sus pensamientos y dice que Sus caminos y pensamientos son más altos que el mismo Cielo. Esto quiere decir que fuimos creados para alcanzar el propósito de Dios. Nuestros propios propósitos son tan débiles que no satisfacen y, como dice el refrán, “ni nos llega a los talones”.

Ahora vamos a hablar un poco de la segunda parte de estos versos. El versículo 10 continúa diciendo que Dios manda sus pensamientos a la tierra, así como la lluvia y la nieve descienden del Cielo. Cuando Dios manda algo, nunca se regresa sin hacer Su trabajo. Así pues, cuando caen los pensamientos de Dios en los corazones y los aceptamos, se prepara el terreno, se fertiliza la tierra y comienza a ser (germinar). Todo este proceso es lo que le da la semilla al sembrador, que somos nosotros, y lo que cosechemos será pan para el que escuche. Esta es una promesa de Dios. Por eso, no podemos tenerles miedo a los sueños y pensamientos que Dios pone en nosotros, pues sin importar qué tan grandes e imposibles sean de alcanzar, cuando pedimos por Su voluntad, Él nos equipa con lo necesario para cumplir nuestra visión.

Yo soy hija de un vaquero verdadero y me acuerdo del día en que decidí aprender a montar un caballo. Antes de hacerlo, mi papá me enseñó a ponerle la rienda y a ensillarlo. Se tomó un tiempo para enseñarme ya que quería que estuviera lista cuando llegara la hora de montar sola. Él me decía: “Brady -mi sobrenombre-, siempre recuerda que tienes que dominar el caballo y no dejar que él te domine a ti. Nunca sueltes la rienda, pase lo que pase”. Con esto digo que mi papá me enseñó bien. Aprendí porque mi papá tenía conocimiento de caballos: ese era su terreno. Así es nuestro Dios (Padre); Él nos enseña, cuando algo es de Su conocimiento y de Su terreno, y nos lo demuestra con Su sabiduría, de modo que no nos deja solos. Pero ¿qué pasaría si le hubiera pedido ayuda a mi papá para volar un avión? Él no vuela aviones, no es su terreno y simplemente no me beneficiaría de sus instrucciones.

A veces le pedimos a Dios que nos ayude en un terreno donde Él francamente no tiene interés y que nunca estuvo en Su plan para su vida. Él es Dios y sabe hacer todo, pero no tiene interés en todo. Dios está interesado en su propósito, que ya ha sido establecido en el reino para usted.

A lo largo de los años, Dios me ha demostrado la verdad en mis errores. Recuerdo que en ocasiones admiraba a una cierta persona al punto de decir que quería ser como ella. Entonces, todo lo que hacía era similar a esa persona. Un día, por ejemplo, fui a una tienda de ropa y vi una chaqueta de cuero parecida a la que usaba mi persona favorita; cuando me la probé, tras verme en el espejo, me sentí mal y ridícula, y de pronto escuché algo en mi corazón que me decía: “¿Por qué no quieres ser original?” Me golpeó tan fuerte ese pensamiento que decidí ser Annette otra vez.

De igual modo, le pedí perdón a Dios porque, aunque fue de una manera inocente, mi corazón deseaba ser alguien más, debido a que no había definido mi propósito. Si yo no hubiera reconocido en ese momento mi falla, ahora viviría frustrada por los triunfos de otros, pues no estaría en mi propósito original, sino en uno ajeno.

Muy a menudo, mi mamá recuerda que, cuando me castigaba, me ponía en una esquina de la cocina. Sin embargo, antes de irme a la esquina, yo tomaba la escoba porque dentro de la próxima hora de castigo esa sería mi guitarra. Me castigaban porque me negaba a cantar música mariachi y también porque me portaba mal. Pero, en fin, ya conocemos la historia: estoy haciendo lo que Dios me propuso. A pesar de los obstáculos, yo busqué de Dios en mi interior y le pedí sabiduría para encontrar mi propio terreno. Así pues, puedo decir que, cuando era niña, mis padres me sembraron en su terreno; sin embargo, al crecer mis raíces, ya era tiempo de sembrar en mi propia tierra. A pesar de que a mi papá le dolió que me fuera de su terreno, él sabía que ya era el tiempo, aunque mi siembra sería para otro propósito, el mío.

Cuando Dios deposita algo en su corazón, no hay nada ni nadie que lo pueda parar. Nadie más ha podido consignar la imprenta que yo he dejado a través de mi carrera, lo que significa que, de no haber obedecido la voz de Dios, es decir, si no me hubiera bajado de la canoa, mi tierra se me habría secado y habría estado contra el tiempo de Dios.

Él Señor creó a cada ser humano con un propósito para Su Reino. Si lo que usted hace ahora es sólo para usted o su familia, está viviendo de un modo muy egoísta. Esta es la razón por la que no es feliz, pues dentro del alma se mantiene ese anhelo que Dios depositó en su vida, que no se irá sólo porque usted lo está ignorando. Me gusta mucho como lo explica un autor que Dios ha usado para crear a líderes en estos días: “Si Dios sólo nos creó para aceptar su plan de salvación y luego ir al cielo, entonces se está demorando bastante”. En efecto, Dios no nos creó sólo para ir al Cielo, sino también para cumplir nuestro propósito aquí en la tierra.

Muchas mujeres que conozco piensan que Dios sólo las hizo para hacer tortillas y frijoles, pero están equivocadas, pues Dios la creó para algo más grande. A mí me gusta cocinar; más bien, me fascina. Mi esposo y mis hijos siempre están esperando la hora de la cena, porque saben que les voy hacer algo rico; pero eso no es lo que me apasiona. Mi pasión y mi visión es escribir canciones y pensamientos que logren penetrar lo perdido de una manera fácil y que puedan afectar el Reino de Dios de una manera original.

No le estoy diciendo que sea negativo ser ama de casa, pero no se conforme con sólo vivir esa vida rutinaria. Por ejemplo, yo me acuerdo cuando mi casa tenía que estar limpia y me perdía horas en organizar, lavar, planchar, bañar a los niños y a los perros. Era una rutina de todos los días y la cosa más rara es que nunca terminaba; siempre me acostaba como a la media noche, todavía lavando y alzando ropa. Cuando por fin llegaba a la cama, me acostaba vacía, sin rumbo e infeliz. ¿Qué es lo que tenía?, ¿por qué yo hacía tanto, pero nunca estaba satisfecha? Porque dentro de mí había un sentir, una visión que Dios había depositado en mí, incluso antes de que naciera, pero no lo estaba cumpliendo; más bien, la estaba ignorando. Entonces no fue sino hasta cuando yo le presté mi atención al propósito de mi vida, que pude cumplir mi visión. El negocio del enemigo es arrebatarnos la voluntad de Dios y nuestra visiones, pero más grande es Dios que cualquier obstáculo.

Toda la vida vamos a tener buenas intenciones. No existe un ser humano que diga: “Tengo malas intenciones.” Pero ¿qué provecho sacamos viviendo de esta manera? Ninguno. No sólo sufrimos nosotros con estas decisiones, sino que también los que nos rodean sufren. Nuestra actitud está completamente relacionada con cómo nos va en la vida y cuántas metas podemos alcanzar. Si digo que todo va a salir mal, entonces así será, pero si afirmo que todo va a salir bien, entonces todo tendrá este resultado. Así está la cosa; pensamos que, porque algo no nos está funcionado, eso es malo. Pero en mi lugar sucede lo contrario: cuando algo a mí se me hace difícil, me encanta, pues es un reto que puedo superar. De hecho, nunca falta que después de esa tormenta aparezca Jesús para calmar todo.

Yo conozco a una amiga que tiene toda la buena intención de hacer el bien, pero nunca se encuentra satisfecha; entonces, cada vez que me encuentro con ella, está intentando algo nuevo. La intención no es mala, pero si usted no aprende y en su lugar sigue cayendo en el mismo hoyo, eso sí es malo, pues quiere decir que no está aprendiendo cómo mantenerse a flote por mucho tiempo.

Los versos cinco y seis de Santiago 1 nos llevan a un punto muy interesante, debido a que nos hablan de la constancia:

“Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios y Él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie. Pero que pida con fe, sin dudar, porque el que duda es como las olas del mar, agitadas y llevadas de un lado a otro por el viento. Quien es así no piense que va a recibir cosa alguna del Señor, es indeciso e inconstante en todo lo que hace”.

Si esto no le demuestra lo que Dios quiere de usted, entonces no sé qué puede ser más claro.

Cuando hablo de bajarnos de la canoa, no quiero decir que seamos irresponsables. De eso no se trata. Cuando Santiago dijo: “Si te falta sabiduría, pídesela a Dios y Él te la va a dar, pero pide con fe”, lo que quiere decir es que cuando usted hace las cosas de la manera correcta, es decir, pide con fe, entonces usted no va a tener miedo de bajarse, porque la paz de Jesús será la que le está invitando a que tome ese paso de fe.

Vamos a ver qué pasó cuando Jesús se les apareció a sus discípulos caminado sobre el agua, y ellos pensaron que era un fantasma (NVI Mateo 14:27-31): “Pero Jesús les dijo en seguida: ‘¡Cálmense! Soy yo. No tengan miedo’. ‘Señor, si eres tú –respondió Pedro–, mándame que vaya a ti sobre el agua’. ‘Ven’ –dijo Jesús. Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al sentir el viento fuerte, tuvo miendo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: ‘Señor, ¡sálvame!’. En seguida Jesús le tendió la mano y, sujetándolo, lo reprendió: ‘Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”.

Me imagino que Jesús ya estaba medio harto de que no pudieran aprender el acto de fe. Las olas que Pedro veía son las olas que vemos nosotros cuando estamos caminando hacia el propósito de Dios para nuestras vidas. Luego le pedimos a Jesús que nos llame a Su propósito; sin embargo, cuando se para enfrente de nosotros y dice: “Ven”, nos da miedo y preferimos regresar al barco porque tenemos la idea de que es mucho mas fácil; pero luego, viene un humano y nos tienta con una zanahoria y al decirnos: “Ven”, corremos allí sin pensarlo dos veces.

Esta fe positiva ocurrió cuando Pedro escuchó la voz de Dios y, aunque tuvo miedo, no se regresó. Me imagino que él estaba más cerca del barco que de Jesús; si bien podía haber regresado o pedirle a otro de los discípulos que lo metieran en el barco otra vez, no obstante, Pedro continuó, pues sabía de dónde provendría su ayuda, por lo cual le clamó a Jesús. Si nos fijamos en algo, Pedro miró a los lados, pero nunca hacia atrás. Aunque la situación le produjo miedo, que es lo que lo llevó a empezar a hundirse, él siguió adelante. Ahora bien, vamos a imaginarnos que en ese momento Pedro no hubiera dudado; obviamente, no se habría empezado a hundir. Sin embargo, nuestras decisiones siempre van a determinar la presión para nuestro destino. Esto quiere decir que los problemas pueden ser abordados de manera fácil (sin estrés) o difícil (con mucho estrés). Pedro escogió sólo mirar a los lados, lo que le costó, pero Judas, el que traicionó al Señor, miró atrás y nunca regresó. Dios nos dice:

“Busquen al Señor mientras se deje encontrar; llámenlo mientras esté cercano” (Isaías 55:6).

Siempre pasa algo gracioso cuando llevo a mis dos hijos más grandes al mercado. Alexio, el menor, es un poco despistado cuando está con sus juegos electrónicos, de modo que no hay nada que le quite la atención, ni siquiera si se trata del fin del mundo; pero Gianni, el mayor, aunque esté entretenido también con sus juegos, está atento a lo que está pasando. Así pues, nunca falta que cuando empezamos a descargar la comida en bolsas, Alexio siempre se queda con las más pesadas. Entonces empieza a llorar y a quejarse afirmando que Gianni lo hace a propósito. ¡Claro que lo hace a propósito! Gianni pone atención, mira las bolsas y deja todas las que tienen latas o líquido, y se lleva las que están cargadas con pan y cereal. Ahora bien, Alexio todavía está con su juego en una mano y dos bolsas de leche y latas en la otra, y batallando, echándole todavía la culpa a Gianni. Él simplemente tenía que obedecer cuando le pedí que alzara su juego, saliera del carro y agarrara las bolsas más livianas. Sin embargo, esa fue su decisión: prefirió seguir jugando, pero a la hora de caminar a su destino, aun cuando batalló, llegó.

Dios es misericordioso y permite que entremos a Su propósito, puede ser a la manera de Alexio o a la de Gianni. Infortunadamente, la mayoría escoge lo más difícil, pues estamos demasiados distraídos con cosas que ni importaban a la larga. Yo tenía 13 años cuando tuve un encuentro con el Espíritu Santo, quien me preguntó qué es lo que deseaba de Él. Yo le contesté que mi corazón estaba vacío para que Él hiciera Su voluntad. Sin embargo, tuvieron que pasar los años y, en lugar de confiar en Dios, dejé que las distracciones comprometieran mi relación con Él. Entonces, aunque regresé a mi propósito, siempre me costó.

Dios nos dio muchas horas en el día para manejarlas bien y aprovechar todo a su tiempo. Si a usted le encanta coser o practica cualquier otro talento, fije el día y la hora en que puede hacerlo. Tome su calendario y organícese; no es difícil. Deje de ver tantas novelas; la televisión quita mucho tiempo del día, de modo que usted pierde demasiado en esto; los únicos que ganan son los actores, a quienes les pagan cada vez que usted sintoníza sus programas, mientra usted empobrece haciendo nada.

Vamos a regresar a la frase: “Bájate de la Canoa”. Aunque es una canción rápida, con un ritmo pegajoso, eso no quiere decir que así es como vamos tomar nuestras decisiones. Tenemos que ser prudentes, aun en nuestras emociones. Muchas cosas se pueden visualizar como algo positivo, pero al final pueden ser fatales. La manera más segura de tener claro el propósito de Dios en su vida es tener una relación íntima con Él. Dios intentó cumplir Su propósito con el hombre, caminando y hablando con él todos los días, y guiándolo por el camino perfecto. Sin embargo, la decisión de Adán y Eva fue fatal porque nos incomunicó con nuestro Creador; no obstante, en Su misericordia, continuó manifestándose en Abraham, Moisés, David y muchos más, pues vio que había corazones que obedecían y deseaban estar en Su presencia, a pesar de las decisiones de sus antepasados.

Tal vez está pensando que Dios no quiere nada de usted porque su pasado ha sido pedregoso. Quizá se siente como que ya no hay esperanza y se ha frustrado en sus propias fuerzas. O posiblemente siente que la desobediencia de sus padres lo ha incomunicado permanentemente de Dios. No obstante, Él entregó a su único Hijo para traernos salvación por medio de su Sangre; lo sacrificó porque era demasiado importante que se cumpliera Su propósito en nosotros. Dios siempre termina todo lo que empieza, pues es constante, fiel a Su Palabra y nos ha mostrado el Tesoro que nos ha dejado a través de Su Espíritu, a saber, la sabiduría y el entendimiento que está guardado en su Hijo Jesús.

¿Cuántas lágrimas nos hubiéramos ahorrado si sólo hubiéramos acudido a Jesús la primera vez? ¿A cuántas personas hemos lastimado por no hacer aquello para lo que Dios nos creó? En la oración está el poder para comprender nuestros propósitos. Cuando oramos, estamos hablando con el Creador del universo, así que tenemos que practicar esta acción, pues es nuestra única alternativa.

Habrá momentos cuando sienta estar ahogándose aun en Su voluntad, pero Él siempre nos demuestra Su fidelidad.

“El Señor afirma los pasos del hombre cuando le agrada su modo de vivir; podrá tropezar, pero no caerá, porque el Señor lo sostiene de la mano”.

Ahora le voy a pedir un favor, antes de que continúe leyendo este libro: quítese la etiqueta con su propio precio, porque es inestimable. Dios mandó a Su Hijo y Él se bajó de la canoa cuando vio Su propósito en una cruz.

8 LOS PERROS QUE LADRAN

Recuerdo que antes de empezar mi carrera musical de lleno, pensaba que ser hija de pastor era lo más duro, porque siempre sentía que caminaba sobre cáscaras de huevos. Cuando grabé mi primer disco, era una maravilla, pues si Dios me permitía viajar, podía escapar de toda la crítica en mi iglesia. Bueno, no voy a decir que fuera perfecta, pero no eran cosas que importaban si otra muchacha, que no fuera hija de pastor, las hiciera.

Uno de mis oficios como hija de pastor era encargarme de los jóvenes, por lo que cada domingo daba la alabanza. Con todo mi corazón hacía ese trabajo; no porque fuera la hija del pastor o porque me hubieran obligado, sino que sentía el llamado para dar aliento al necesitado. Aunque todo lo que hacía era para otros y miraba el fruto, yo quería algo más en la vida. Todavía no tenía claro lo que buscaba, pero una cosa sí sabía: no quería estar en donde hubiera crítica. Me importaba tanto lo que otros decían de mí, que me sentía estresada de no poder complacer y llegaba a casa estresada.

Por fin llegó un día en el que recibí una llamada de una estación de radio que quería hacer un concierto conmigo, pues les había encantado mi nueva producción denominada “Volar Libre”. Estaba tan feliz, que imágenes de mi futuro empezaron a pasarse delante de mí. Me imaginaba en escenarios y con una sonrisa permanente. Decía dentro de mí: “Ahora sí voy a hacer la voluntad de Dios y todos me van a querer; voy a escribir canciones que les van a encantar a todas las iglesias y lo mejor es que mi iglesia se va a dar cuenta de que otras iglesias no me critican”.

No pude estar más lejos de la verdad. Lo que no sabía era que lo poco que me pasaba en mi iglesia, era sólo una preparación para lo que me esperaba.

Me gusta pensarlo de esta forma: cuando está por venir una tormenta, se siente un viento tranquilo, veo papeles y hojas de árboles flotando y, con el viento, mi pelo se me pega al labial que me acabo de aplicar. Mientras tanto, el cielo empieza a formar nubes y se prepara para agitar todo lo que se opone de frente. Cada gota que pega en el brazo se agranda al avanzar los segundos, el sol desaparece totalmente y, por un segundo, el silencio reina. Así fue como estuve lejos de la verdad. Todo lo que estaba pasando sólo me preparaba para lo que venía. Sin darme cuenta, las críticas servían para formarme, pues el hecho de no tener a muchos contentos conmigo, me daba tiempo para definir cada parte de mi vida.

Tal vez la aceptación de muchos me hubiera distraído y me hubiera atrasado en todo lo que he logrado, porque cuando uno está complaciendo a muchos, es muy probable que no se esté complaciendo el espíritu. Con esto no quiero sugerir que es malo tener amistades, pero sí es importante tener amistades buenas.

Proverbios 27:17 “El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre”.

Cuando usted necesita ponerle filo a un cuchillo no lo hace con un cuchillo de plástico, ¿verdad? Lo hace con otro cuchillo del mismo material porque se aguantan para lograr lo filoso. Ahora, al trasladar este ejemplo a lo humano, si usted es una persona que tiene filo y llega el momento en que necesita otra pasadita, tiene que tener una persona filosa a su lado para que surja efecto. Sin embargo, si usted es una persona que quiere ascender en la vida, pero tiene personas de plástico a su lado, con el tiempo se hará de plástico también.

El hecho de que yo sea impaciente no quiere decir que el tiempo de Dios vaya a cambiar. Todo lo que nosotros debemos ser ya fue manifestado en la mente de Dios. Cuando nacimos, vinimos con un paquete que se llama “plan”. En efecto, existen los atrasos y los caminos que no esperamos, pero esto pasa porque no hemos capturado lo que de verdad valemos. Dios nos hizo a su imagen y, aunque no somos perfectos como Él, nos dio una conciencia para llegar lo más cerca a Él. La perfección de Dios está establecida bajo el amor incomparable que sólo Él nos puede ofrecer. Bajo ese amor estamos cada uno de nosotros; sin embargo, la mayor parte de la humanidad no lo reconoce, pues detesta la religión.

Aunque soy hija de pastor, no pertenezco a ninguna religión, pues soy testigo de lo que pasa dentro de la iglesia cuando nos inclinamos a la religión y no practicamos el origen de nuestro existir. Estoy convencida de que el efecto que causa este comportamiento es el temor hacia la vida y la inseguridad del porqué estamos aquí.

La situación es, entonces: si usted está aquí, es porque Dios lo puso aquí. Como Dios es perfecto y nunca se equivoca, Él es el único que le puede mostrar la salida de ese laberinto que tanto recorre. Lo primero que Dios requiere de usted, es que detenga la religión que lo está distrayendo de todo lo lindo que Él tiene para su vida. No hay ninguna parte de la Biblia en donde Jesús nos pida que vivamos en una religión; al contrario, él habló en contra de ella y en contra de toda la hipocresía que ésta trae:

“¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas! Limpian el exterior del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de robo y de desenfreno. ¡Fariseo ciego! Limpia primero por dentro el vaso y el plato, y así quedará limpio también por fuera. ¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Que son como sepulcros banqueados. Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre. Así también ustedes, por fuera dan la impresión de ser justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad” (Mateo 23:25-28).

Cuando nosotros nos preocupamos más por limpiar lo de adentro, todo lo de afuera se acomoda automáticamente.

En lo más profundo de cada humano existe un gemir que desea conectarse con una luz y una paz que es la entrada a la comunicación con nuestro Creador. Por más que alguien lo trate de convencer de que la religión es la respuesta para su frustración, hay algo en usted que siempre va a querer una respuesta más clara. La religión sólo es superficial, no es nada profundo, y todo lo que se edifica con ella se asemeja a la construcción de un reino en arena. Por eso usted no puede superarse en la vida, y todo lo que erige se cae, de modo que debe empezar de nuevo.

Sin embargo, no basta con dejar la religión para que su vida se acomode; tiene que buscar esa entrada que está dentro de usted y, sin importar lo que pase y lo que digan, el ser humano no lo va a poder distraer y, en consecuencia, va a poder vivir sin necesitar la aprobación del ser humano. Cuando nos damos cuenta de nuestro valor y sabemos lo que realmente nos identifica, no hay absolutamente nada que temer.

Cuando una doctrina o religión toma el primer lugar en una persona, en vez de Jesucristo, se crea un problema grave, porque en este caso el enfoque pasa a ser el humano y éste no es perfecto; el humano falla. Una religión o doctrina es algo que se inventa el hombre en su propia arrogancia: no es algo que Jesús nos haya enseñado. Lo establecido por Dios fue algo fácil, y el enemigo vino a tratar de cambiar todo para que estuviéramos confundidos. En Mateo Jesús les dice a los religiosos:

“¡Ay de ustedes maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Les cierran a los demás el reino de los cielos, y ni entran ustedes ni dejan entrar a los que intentan hacerlo”.

Jesús estaba frustrado porque Él se daba cuenta de que ellos usaban la religión para aprovecharse de la gente. Hoy en día siguen existiendo esos fariseos, la diferencia radica en que ahora se ponen trajes modernos.

Cuando nos aferramos tanto a una tradición, se nos olvida la razón del porqué estamos aquí. Nos preocupamos de la apariencia y otras cosas que no están relacionadas con nuestro propósito; además usamos a Jesús a manera de toalla para limpiar el desorden que hacemos.

Tener una relación con Dios no tiene nada que ver con religión, pero sí tiene todo que ver con su propósito. ¿Cómo va a saber lo que tiene que hacer si no tiene comunicación con su Creador? Un creador que inventa algo sabe exactamente, más que cualquiera, cuál es la finalidad de su invento. Si yo le hubiera preguntado a un ser humano para qué sirvo, me hubiera dado su propia opinión. Tal vez hubiera sido para conveniencia. Dios es el único que sabe para qué fue creado usted, y Él no está en la religión; por eso es importante salirse, porque allí no Lo va a encontrar.

Un día alguien me dijo: “No te preocupes mientras los perros estén ladrando; hazlo cuando no estén ladrando”. Al principio estaba un poco confundida porque, a mi parecer, era mucho mejor para mí no escuchar personas juzgándome. Yo quería que todos me quisieran y que aceptaran lo que les quería ofrecer. Con el tiempo me fui dando cuenta de que mi enemigo no ladraba cuando estaba tratando de estar bien con el hombre, pero sí lo hacía cuando estaba quedando bien con Dios.

Quedar bien con Él es muy diferente a quedar bien con los seres humanos. Infortunadamente, muchos de nosotros queremos estar bien con los dos. Pero eso no funciona de esa manera, pues así como a mí me gusta escribir canciones y no dejo que nadie me las cambie, también su Creador escribió un libro de su vida y propósito para esta tierra y no quiere que éste sea modificado. El Salmo 139:16 nos dice: “Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos”. Esto significa que las opiniones del hombre no importan.

Muy a menudo comparto el ejemplo de mis cuatro hijos. Cuando ellos se levantan, no se preocupan por si hay leche en el refrigerador, o si hay pan para hacerles un sándwich. Ellos se despiertan ya programados con la seguridad de que, una vez abren el refrigerador, encontrarán algo para comer o tomar, pues están convencidos de que ellos son mis hijos y mi responsabilidad.

Asimismo tenemos que aplicar este atributo de padres hacia los hijos, con el amor de Nuestro Padre. El deseo de Él es que nosotros empecemos a reconocer quiénes somos y a caminar con un rostro no altivo, sino seguro. Nunca olvidemos que si nosotros podemos dar buenas cosas y tener amor incondicional para nuestros hijos, ¿qué más puede sobrepasar el amor de nuestro Padre, nuestro Creador?

“¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado le da una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!” (Mateo 7:9-11).

Cuando Jesús nos dijo que en primer lugar buscáramos el Reino y su justicia, nos estaba diciendo que halláramos, antes que nada, la razón por nuestro existir, es decir, la razón por la cual Dios decidió ponernos aquí en esta tierra. Cuando una persona encuentra un mapa que indica un tesoro, de inmediato trata de encontrar su ubicación, aunque el mapa no señale el lugar exacto. Del mismo modo, nuestro Creador nos dejó un mapa (Jesús) para que nos reconciliemos con nuestro Reino. Imagínese, ¡usted es hijo de un Rey! ¡Su padre es el Creador del universo! Tal vez está perdido, pero Él no ha terminado de amarlo y desea que se reconcilie con Él para mostrarle el Reino que usted puede tener.

A qué voy con esto. Cuando una persona busca el libro de su vida que el Creador escribió, aun antes de que naciera, se encuentra tras algo fuera de lugar, pero no perdido. No es tarde para empezar a leer el primer capítulo de su vida.

No hay nada en este mundo que pueda enfrentarse con nuestro propósito y ganar. Si alguien le gana fácilmente, quiere decir que no está en el diseño de su libro. Si yo voy a su casa, usted me puede sacar; pero si está en mi casa, no puede hacer eso. Cuando estamos cumpliendo con el orden de nuestro manual, estamos protegidos y seguros. En efecto, usted no se sentiría cómodo viviendo lo que está en mi manual personal, porque no fue escrito para usted. Así mismo, la llave de mi casa no abre la suya, pues el molde de la chapa es diferente al de la mía. Por eso, cuando me preguntan por qué todavía estoy haciendo lo que hago a pesar de las críticas, respondo que yo estoy en un lugar en donde me siento segura, porque me encuentro viviendo conforme al diseño del Creador.

Cuando escuchamos que los perros están ladrando, la mayoría de las veces se trata de personas que no han hallado su molde y se sienten infelices de que otros ya lo hayan hecho o estén en el proceso. Cuando alguien está tratando de acomodarse en el molde de alguien más, se torna frustrado porque está permitiendo que alguien más le dicte la vida y le diga cómo vivir.

En este punto regresamos a lo mismo: “religión”. La religión nos aparta de lo que es nuestro. Muchos me critican porque no me han podido meter en los moldes que me han asignado. En mi interior existe un sentir de propósito del que ni siquiera la religión me puede distraer. Mi meta siempre fue entender por qué yo estaba en esta tierra y para qué fui creada. Recuerdo las noches en que me escapaba para salir, cuando todos en casa se habían dormido. Me acostaba en una hamaca que mi papá había colgado, miraba el cielo y hablaba con mi Creador. Aunque en ese tiempo no todo era muy claro, sí sabía que estaba más cerca de lo que necesitaba saber. Me encantaba leer y tratar de figurar lo que Dios estaba tratando de hacer cuando creó los seres humanos, los que sólo le dimos la espalda. Con el tiempo me di cuenta de que Él quería una relación con nosotros. Imagínese, el Creador del universo, el único Dios soberano, el dueño de todo el mundo, lo trajo al mundo para que usted tenga una relación con Él.

A Dios no lo podemos impresionar porque Él ya sabe de lo que somos capaces; mucho menos lo impactamos cuando nos vestimos de blanco por fuera porque Él quiere que principalmente arreglemos las cosas por dentro. Un restaurante bonito lo atrae por fuera, pero, para que usted coma allí, le tiene que impresionar aún más lo de adentro. Por eso es importante nunca juzgar lo exterior, aunque sea para alagar o humillar; lo único que tenemos que hacer es aprovechar los buenos frutos de otros, y esquivar los malos.

Siempre recuerde que la religión es una distracción que el enemigo inventó para que no encontráramos nuestra herencia que él codició desde el principio. El trabajo del enemigo consiste en apartarlo del libro con el diseño de su vida, porque él sabe que si lo encuentra, todo aquello que él le ofrece ya no le resulta atractivo a usted.

“Richie Rich” es una película que me encanta y es una de mis favoritas. Se trata de una familia muy rica, en cuyo testamento toda la herencia es para el hijo Richie. El abogado de la familia se vuelve codicioso, por lo que decide matar a los padres para hacerse el guardián legal de Richie y, de ese modo, quedarse con todo el dinero. El abogado no sabía que los padres habían escapado de la muerte y que su plan no había funcionado. Así es como veo a nuestro enemigo: él quiere apoderarse de toda nuestra herencia y, aun cuando mandó matar al hijo de Dios, su plan no funcionó. Por eso, nuestra herencia ha sido regresada a nosotros, pues Jesucristo venció la muerte.

Como el enemigo ya no pudo hacerlo, decidió atacar nuestro planeta con armas de confusión, duda e ideología humana, y de allí surgió la religión.

La religión es una defensa de humo que le hace sentir protegido de su propia duda. Pero es tiempo de detener todo lo que el enemigo ha planteado en su cabeza. Hay personas que van a estar contentas por usted cuando encuentre su propósito, pero también hay personas que van a tratar de hacerle la vida pesada.

Gracias a Dios, es tiempo de mirarse en el espejo y valorar la hermosura de hombre o de mujer que Dios hizo de usted. Nunca olvide y siempre tenga la completa seguridad de que lo que Él empieza, lo termina.

9 SOLEDAD

La religión es la epidemia más grave que ha infectado al mundo entero. Nos alarmamos de tantos virus que las noticias nos advierten y buscamos remedios para no contagiarnos. Hemos comprado el antídoto para la mayoría de virus que nos amenazan, pero no hemos aceptado el antídoto gratis que mata la religión. Aun algunos de los que profesamos ya ser libres de ella, porque se nos ha entregado el antídoto, todavía cargamos una infección que no nos ha permitido curarnos por completo porque hemos puesto la jeringa con el líquido rojo en el tocador y no nos hemos inyectado. Este antídoto es la preciosa sangre que nuestro Jesucristo derramó cuando decidió morir por nuestros pecados que nos ataban a un pasado que no era posible borrar.

La mayoría de nosotros caminamos con cadenas invisibles que en la vida real pesan. Podemos sonreír por fuera, pero ¿qué es lo que sentimos por dentro? La culpa es una de las infecciones más difíciles de erradicar porque se ha extendido de generación a generación.

No existe un solo ser humano que no haya sido infectado con la religión. Todo empezó con Adán y Eva. Cuando Eva estaba en el Jardín del Edén, una serpiente la infectó con el virus y desde ese momento empezó todo. Lo que ellos sintieron fue la infección de la culpa, pues sabían que habían cometido el error más grande de su vida. Según la historia que muchos teólogos han establecido sobre la vida de Adán y Eva, ellos vivieron en una cueva oscura, dada la culpa y responsabilidad que sentían. Supongo que no querían ser recordados por todo lo que habían perdido. Esa culpa fue transmitida a sus hijos, a usted y a su descendencia.

Imagínese si Eva hubiera usado ese momento de soledad para resistir a la serpiente; o si Caín, hijo de Adán y Eva que mató a su hermano por envidia, hubiera usado su soledad para conocer más de su Creador. Pero allí no paró la culpa; ésta continuó de vida en vida y, cada vez que crecía, una nueva infección surgía.

Ahora, llegamos a este siglo, y Dios continúa en busca de los corazones que deseen más de Él. Él mira desde el cielo y espera a que un individuo esté interesado en conocer más a su Creador. Yo creo que uno de los momentos más felices de Dios es cuando habla con uno de sus hijos en soledad. La razón por la que Dios nos creó a cada uno diferente, consiste en que Él desea sostener una relación individual con cada uno. Si Él sólo hubiera querido un tipo de persona, habría creado un sólo ser humano, de modo que todo sería más fácil. Pero en la mente de su Creador surgió usted, su diseño, su carácter, su cara, sus pies, sus manos y su corazón. Él pensó en usted antes de que hiciera este mundo. Su soledad es lo que Dios busca de usted, pues únicamente en ésta puede tener una íntima relación con su Dios, o una enemistad con Él.

La religión en cada individuo ha levantado paredes por todos lados. Nosotros mismos nos hemos creado un laberinto de difícil salida. La religión es un lobo que se ha vestido de cordero y ha usado el Nombre de Dios. Recuerdo que de niña, la maestra de escuela dominical nos enseñaba que si las niñas usábamos pantalón, nos iríamos al infierno (una pared); que si nos colocábamos aretes, eso era del diablo (otra pared). A una amiga mía, su papá le decía que sólo las mujeres de la calle usan labial; esto generó en ella un juicio para condenar a las mujeres de las calles en vez de amarlas. Se trata de paredes tras paredes que no nos dejan ver por dónde vamos.

En el tiempo que Dios me ha permitido viajar por muchas partes del mundo, he visto mucha tristeza: prostitución de mujeres y hombres, drogadictos y alcohólicos de toda edad, niños muriéndose de hambre y abandonados por sus padres, y todo lo que causa dolor. Sin embargo, una de las tristezas más fuertes de que he sido testigo es la religión. Un drogadicto le va a decir con más facilidad que tiene un problema, pero no un religioso. Jesús les dijo a los fariseos:

“¡Serpientes! Es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que ustedes al Cielo” (Mateo 19:16-30).

¿Qué es la soledad? ¿Será un momento que Dios pone en su vida para buscar más de Él? ¿Será un momento muy apropiado para reflexionar en lo que necesita cambio de nuestra parte? Yo soy testigo de que la soledad puede ser un lugar muy oscuro, pero también puede ser uno con mucha luz. Todos tenemos ese momento de soledad. Todo depende de cómo se quiera enfrentar.

A muchos de nosotros no nos gusta la soledad porque nos redarguye la conciencia en lo más profundo y nos da miedo reflexionar en los cambios que se deben hacer. No existe un sólo ser humano sin una conciencia; aunque unos traten de ignorarla, eso no quiere decir que no la tengan. La soledad demanda el pensamiento.

Dios habita entre mucha gente (Salmo 133:1), pero la individualidad es especial para Él. Cuando quiso tener una relación con Moisés, no lo hizo en medio de todo el pueblo. Él lo llamó a solas, al Monte Sinaí, y allí empezó a platicar con él. Cuando llamó a Abraham, habló con él a solas, no enfrente de su esposa. Cada vez que Dios ha querido una relación íntima con un hijo suyo, lo ha encontrado en su soledad. Anteriormente, yo usaba la soledad para darme lástima o para juzgarme a mí misma; para ahogarme en los problemas que estaba pasando; para ver televisión y perder tiempo, y para pensar cuántas veces más iba a fallar en la vida.

La soledad se puede usar de dos maneras. Si entra a un cuarto y la luz está apagada, usted puede decidir si lo quiere mantener oscuro o si quiere encender la luz. Asimismo sucede cuando entra en su soledad: puede dejar las luces apagadas y tropezarse con un objeto en el piso, o encender la luz y ver por qué está allí. Puede empezar a preguntarse: ¿por qué estoy aquí? o ¿qué es lo que valgo? Estas preguntas son poderosas porque cuando usted comienza a querer saber el porqué, la animación de su vida empieza a derretirse y se da inicio a la formación de un cuadro de la realidad. Así, lo que le parecía chistoso, ya no lo es; lo que le resultaba inofensivo, ahora es ofensivo.

El enemigo quiere mantenerlo en el estado de ignorancia. No importa qué tan religioso fue creado, no tiene nada que ver con su existencia. No importa cuántas veces vaya a misa; cuántas predicaciones haya escuchado en vivo o por televisión; cuánto dinero tiene en el banco, o cuántas enseñanzas ha dado en la escuela dominical. Si no sabe por qué está aquí, nada de eso vale.

Una buena obra no quiere decir que es Su obra. Si usted decide hacer una buena obra no es malo; pero si no la está haciendo para lo que fue creada, eso sí es malo. La frustración viene de no saber cómo manejar nuestra existencia; entonces, perdemos mucho tiempo tratando de recompensar nuestros malos hábitos con obras buenas. Yo tenía una amiga que cuando sabía que le había lastimado el corazón a Dios, me regalaba muchas cosas caras y les mandaba dinero a los pobres. Yo aceptaba al principio porque me gustaban sus regalos, pero con el tiempo empecé a fijarme en el patrón de su conciencia.

A manera de ejemplo, supongamos que yo les digo a mis hijos Gianni y Alexio que si me traen buenas calificaciones de la escuela a finales del año escolar, los llevaré a Disneylandia. Ahora vamos a decir que sólo uno de ellos me obedece y me trae lo que esperaba; ¿será que el que no calificó puede comprarme flores para ir a Disneylandia? ¡No! ¡Absolutamente no! Eso no sería justo, primero, para el que trabajó más duro, y mucho menos para mí, que no le puedo dar esa confianza.

Así es como nuestro Padre mira este asunto. Él nos da su Palabra y nos dice que busquemos de Él y no lo dejemos allí. También nos dice cómo hallarlo. No se venden pasajes para tener una vida perfecta, pero sí hay instrucciones de cómo llegar allí. El Salmo 25:12-14 dice:

“¿Quién es el hombre que teme al Señor? Será instruido en el mejor de los caminos. Tendrá una vida placentera, y sus descendientes heredarán la tierra. El Señor brinda su amistad a quienes le honran y les da a conocer Su pacto”.

Una relación con Dios es individual. Cada uno de nosotros es responsable de sus acciones. Tal vez usted es una persona que siente que no puede avanzar en la vida por lo destrozado que ha quedado con tanta traición. Tal vez su soledad lo asusta porque le trae recuerdos de un pasado que ya no quiere vivir. Tal vez sus padres le enseñaron una religión que usaba el nombre de Dios, y todo lo que vio en ella fue hipocresía. Tal vez es una mujer que está o estaba casada con un hombre que la golpeó y violó todos sus derechos. Tal vez es un hombre que fue violado por tantos hombres que ahora está confundido con respecto a su sexualidad y siente que nadie lo entiende.

Pero Dios sí lo comprende. Él espera sólo una cosa pequeña de usted: “obediencia”. En 1 Pedro 5:10 se lee:

“Y después que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables”.

La soledad es un lugar que usted puede usar para encontrar paz. En su soledad no hay distracciones, no hay vergüenza porque sólo están usted y su Creador, que conoce la cantidad de cabellos que tiene su cabeza y sus pensamientos más profundos. No hay absolutamente nada que le pueda esconder, pues Él lo sabe todo.

Dios no es un Dios de condenación; antes que nada, Él es amor. Muchos de nosotros ya nos hemos puesto condena y nos hemos encerrado en una prisión propia sin que El Gran Juez nos juzgue. Dejamos que las condenas de los seres humanos nos afecten tanto y dejamos que sobrepasen nuestros límites.

Habrá ocasiones en las que su propia familia no va a entender las decisiones que tome para generar un cambio positivo. Mucho menos sus amigos. Pero no importa, porque al final del día, con el que va a quedar bien es con quien le da de comer, de vestir, un techo, honra, y prosperidad. Cuando haga de su soledad un hábito, como encontrarse en un café con su Creador todas las mañanas, unos en su familia y algunos amigos lo abandonarán porque no comprenderán hasta que ellos se animen a hacer lo mismo. Ya usted resultará ser la persona más aburrida para ellos. Pero no importa, porque el tiempo que está con su Dios en las mañanas es más que suficiente.

Si usted piensa en personajes importantes en la historia, se dará cuenta de que la mayoría no eran populares, sino sólo famosos. Si a Albert Einstein le hubiera importado lo que la gente decía de él, hubiera comprometido su existencia. A él no le importó ser popular ni famoso, él sólo tenía una meta que lo hizo grande y famoso. Thomas Edison, en su soledad, inventó la luz con electricidad. Moisés, en su soledad, encontró su propósito de sacar miles de esclavos a la vez, sin importar lo que el rey de Egipto y los gobernantes pensaran de él. La lista sigue y sigue.

Yo siempre he sostenido que el hecho de que seamos impacientes, no quiere decir que el tiempo de Dios vaya a cambiar. De esto sí estoy segura. Unos queremos tomar el ascensor porque no queremos usar fuerzas para subir al próximo nivel. En ocasiones, por ejemplo, vamos a un país y nos quedamos en un hotel en donde no hay ascensor y sólo nos queda usar las escaleras. Aunque no entiendo por qué alguien decidió hacer un hotel con 20 pisos sin ascensor, sólo me queda subir las escaleras si quiero dormir en una cama. Tal vez las escaleras toman más tiempo, pero cuando usted llega a su habitación aprecia más la cama. En Génesis 28:10-15 encontramos la historia del sueño de Jacob en el que vio una escalera apoyada en la tierra que llegaba hasta el Cielo. Jacob estaba solo y Dios lo había visitado en un sueño para recordarle lo que Él le había prometido: “Yo estoy contigo. Te protegeré por dondequiera que vayas, y te traeré de vuelta a esta tierra. No te abandonaré hasta cumplir con todo lo que te he prometido” (Verso 15). Esta Palabra es promesa también para usted porque el Salmo 139:16 afirma: “Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación; todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos”. Existe un libro con el diseño de su vida, y Dios ha prometido no abandonarlo hasta cumplir con todo lo que Él ha escrito. Dios no se arrepiente de sus promesas, nosotros sí.

La razón por la cual muchos de nosotros no hemos podido tener relación definida con Dios, aunque practicamos la religión, es porque la semilla en nuestra vida no ha echado raíz. Dios sabe exactamente cuánta agua necesita la semilla de nuestra vida. Tal vez usted pensará que al principio no está viendo resultados porque no ha visto algo verde salir de la tierra. Si usted compra una bolsita con semillas y la foto de enfrente muestra flores lindas, esto no quiere decir que florecerá el primer día que las plante; no importa cuánta agua les eche y cuántas veces al día, no va a ver flores hasta pasado un tiempo. Por el contrario, si le echa mucha agua, puede atrasar el tiempo de florecimiento porque no deja que la raíz se forme. Por el contrario, Dios sí sabe cuánta agua necesita su vida para que la raíz prenda bien.

Siga buscando a Dios en su soledad, aunque el enemigo le diga que usted está perdiendo tiempo; no le haga caso porque este ángel caído, envidioso, quiere que siga en la ignorancia de su herencia y todo lo que él dice es pura MENTIRA. Acepte las promesas de Dios, su Creador, y verá que cuando tomen raíz, usted será fuerte y encontrará su propósito en medio de su soledad y vivirá como nunca había vivido. Inyecte su alma con el antídoto rojo que es la Sangre de Jesucristo que limpia toda infección.

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